05.29.06
Un aroma de dos sílabas.
A ver, ¿cómo comenzar? ¿es la sinestesia una forma simple de explicar las experiencias sensoriales, o simplemente un vericueto del cerebro que empató mal ciertas neuronas en el vientre materno? Honestamente, no se; pero estoy absolutamente seguro que todo aquel que ha percibido el aroma de un buen café, nunca más le confunde.
El café es una de esas invenciones de la humanidad como el pan y la mantequilla: llevan con nosotros miles de años, y en mi humilde opinión son producto de azares, tonterías y metidas de pata que salieron bien. En esos eventos es que ve uno la mano de Dios metida, porque para averiguar que uno tiene que agarrar un frutico de una mata con una semilla adentro, dejarla secar, añejarla, seleccionarla, tostarla a una temperatura específica, dejar que cruja dos veces durante ese tostado, enfriarla de súbito, molerla, echarle agua caliente (no hirviendo), y colarla para luego esa infusión matizarla con leche, crema, azúcar u otro añadido, es muy difícil.
La gran mayoría de la gente no sabe lo que hay detrás de ese cortito negro lleno de azúcar que compran en cualquier esquina, servido de un termo itinerante floreado y que acompañan con un diario recién salido de la imprenta y un cigarrillo. Para el común es un sorbo de cafeína con sacarosa, infusión que les despierta por la dilatación de los vasos sanguíneos del cerebro y el incremento del nivel de azúcar en sangre. Algunos prefieren preparados instantáneos como el Nescafé, con denominaciones fruto de la mercadotecnia, mientras que otros se conforman con el negrito, marrón, con leche o guayoyo que sirven en la arepera diagonal al trabajo.
Otros se aficionan al capuccino y las demás tonterías de un local cuyo nombre incluye estas dos sílabas. En estos sitios venden con esmero y dedicación una infinidad de confites, pastelería, jugos, refrescos, paninis, y en la mayoría de los casos lo peor es el café hecho con una máquina muy bonita y bastante desajustada.
En mi casa siempre se ha tomado mucho café, y se prepara colado o en una cafeterita express de aluminio. A mi abuela le encantaba el café imperial, porque tradicionalmente es la marca del marabino; mis tías me aficionaron al recién molido, así como al instantáneo. Recuerdo una vez cuando se comenzó a introducir en el mercado el café molido empacado al vacío, y mi abuela me envió a comprarle varios víveres a la tienda. Cuando tomó el paquete de 250gr. de café imperial duro como una tabla y sensiblemente más pequeño que el que había conocido por casi 60 años, me armó un lío pues “me había dejado meter un paquete de café viejo, mojado y dañado”. Debajo de la tormenta que recibía, traté de decirle que era una nueva presentación, pero igualito me envió de regreso a la tienda para cambiar el paquete de café. A regañadientes iba saliendo, cuando se me cayeron las llaves y puse con rabia el café en el quicio de la ventana; entonces escuché un suave silbido y observé como el paquete se iba ablandando, mientras un dulce y exquisito aroma salía del paquete que había perforado con la punta de un tornillo en la ventana. Entonces corrí a mostrarle a mi abuela el paquete, que al principio lo que quería era ahorcarme pues había roto el paquete podrido que debía devolver, pero cuando se dió cuenta del agradable aroma que el novedoso empaque había conservado, me disculpó y a partir de ese momento prefirió que le comprara esa presentación.
No me considero un adicto al café, pero aprecio compartirlo con una buena conversación, entre familiares y amigos, ya sea como aperitivo o digestivo, bien colado o simplemente asentado, bombón, guayoyo, con splenda o cerrero. El gusto de una buena taza de café siempre será para mí una experiencia grata, especial y llena de recuerdos pasados y por hacer.
Eso si: sin el cigarrillo, pues no fumo.