Somos los mismos.

enero 19, 2006

Meditando acerca de En lo que nos convertimos, y por supuesto revisando el artículo de Elí Bravo, no soporto las ganas de postear mi opinión al respecto.

Todos somos iguales, y lo seguiremos siendo, amén de nuestras propias experiencias. Todos son falibles, somos de carne y hueso, y la sangre y la linfa seguirá corriendo por nuestras venas y arterias. Tendremos más o menos pelo, más o menos canas, y estaremos más o menos obesos. Pero seguimos siendo gente.

Solo aquellos que se convierten en monstruos pueden desdeñar de la humanidad de nosotros, las personas. Las penas y desgracias son algo propio de la condición humana, y por tanto es inherente a la especie el respeto y consideración por las personas que sufren. La condolencia, solidaridad y apoyo en los momentos de dolor y desgracia van más allá de cualquier raza, credo y condición económica y política, sofismas éstos que han sido construidos en base a la efímera y fugaz idea de hacer únicas las diferencias que nos sazonan la existencia en este planeta.

Según la OMS, todos debemos conocer a alguien VIH+ actualmente, aunque ni siquiera él lo sepa. Todos conocemos a gente diabética. Todos sufrimos de mal olor en los pies alguna vez en nuestras vidas. Todos conocemos a alguien que ha tenido o ha muerto por culpa del cáncer: mi amigo Edwin Morales murió en un par de semanas, luego de haber sido diagnosticado con una extraña y muy agresiva forma de cáncer; el papá de mi esposa murió de un estúpido cáncer de piel mal tratado por el oncólogo que lo vió, y pare de contar.

Pero, ¿qué tipo de ser humano puede violentar su propia condición y compartir comentarios aberrantes sobre la condición humana? ¿desde cuándo se volvió compatible la abominación y el ataque sistemático y descalificatorio hacia la desgracia un chiste? ¿quién dijo que eso es propio de las personas, de seres humanos? ¿cuando se volvió lo antinatural normal, pasable e incluso cómico?.

Creo que para aceptar esas novedosas y revolucionarias posiciones, es necesario convertirse en otra cosa, porque un ser humano no debe ni puede hacerlo a menos que se separe de su condición, y se transforme en un monstruo, en una idea mal pensada con patas, garras y hocico, en un depredador de conciencias, en un ideal desdeñado concebido por y para una mente sesgada, torcida y estrecha. En algo menos que un animal, peor que una bestia, más mortífero que un bicho ponzoñoso, y de ningún valor para la cadena alimenticia.

Hay que deshumanizarse para ser algo así como Juan Barreto.

Mi esposa me ayuda, y busca en la RAE la palabra miserable: desdichado infeliz, abatido, sin valor ni fuerza, mezquino, perverso abyecto y canalla. Creo que se queda corto, pero honestamente no quiero seguir pensando y ahondando en esto.

Valga esta oportunidad para hacer llegar mis condolencias a Leopoldo Castillo por la muerte de su hijo, y decirle que en este país seguimos viviendo y sufriendo, dígnamente como todos los seres humanos, cultivando los verdaderos valores de nuestra condición de seres vivos.

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