Hoy ando de carreras: trabajo, mi esposa y su postgra, mi sobrina con gastritis por la ansiedad de la boda de una prima en la cual será parte del cortejo, mis tías y mi mamá con sus cosas. Cuando no son los mangos es la cerca, pero aquí seguimos.
Entonces cuando se acercaba el mediodía, no lo pensé dos veces: un pollo en brasa, una coca-cola y ya. Fui entonces al asadero de confianza cerca de mi casa, y cuando regresé mi madre tenía una sorpresa: todavía le quedaba pesto, y con unos fidellini al dente y un trocito de pecorino, rematé el almuerzo. Nunca había probado esa combinación, y si fue el hambre que me traicionó el gusto debo aceptar mi culpa, pero unos “espagueticos” con pesto, pecorino y pollo en brasa bien aliñado con ajo y coca-cola fría hoy me parecieron de lujo, como dice Bart Simpson.
Igualito, el dueño de una galería me llamó cuando terminaba de comer y tuve que meterme la mano llena de pollo en el bolsillo para tomar el celular… Así que al terminar de asearme, escribí este post antes de perder la idea.

Metrópolis

marzo 7, 2006

Son una serie de carritos perrocalienteros que están por toda la ciudad. Ya he visto dos o tres, pero el principal para mí es el de Indio Mara.

Ubicado a pocos metros del Cuartel Libertador, este es el segundo puesto luego del Dr. Burguer, y cuenta con una ámplia gama de opciones en fast food preparada en específico para la fauna maracucha. Lo más interesante es que trabaja 24×7: de día funciona el local interno, y de noche despliega varias mesas y sillas plásticas en el estacionamiento del centro comercial donde está ubicado.

Mi favorita es la hamburguesa especial de carne con chuleta ahumada. Hay que pedirla, por supuesto, con lechuga (si hay, de lo contrario el popular repollo), cebolla y mostaza. También son buenos los patacones de carne mechada, pues su sazón es bastante agradable y con bajo contenido de sal.

Respecto de la sal, debo comentar lo siguiente: un amigo, dueño de una pequeña cadena de puestos de pastelitos, me confirmó que los negocios de comida rápida abusan del cloruro de sodio, así como del glutamato monosódico, por dos razones: a modo de alargar la conservación de los alimentos, y porque generan un consumo mayor de refrescos y bebidas en los consumidores. Es el viejo truco de echarle más agua al caldo, pero ajustándole la sal para que no quede salado pero si al margen…

Lo que siempre me he quejado, es del alto precio de los refrescos que mantienen los puestos de Indio Mara. Pero bueh, algo no podía ser tan bueno, como los hot-dogs a Bs. 1800 y Bs. 2000 si llevan queso.

El Increible Julk

marzo 7, 2006

Si, así le dicen al personaje de Marvel en Colombia: Julk. Y como ávido lector de comics desde pequeño, alguna vez hasta me disfracé de Hulk aprovechando que estaban tumbando una pared en mi casa, y me saqué hasta una foto. Las cosas de la niñez, influenciadas por la tv de aquellos años, cuando veia la saga original de Battlestar Galáctica en la cual Starbuck era un hombre, y pasaban Hulk con ese actor que hacía del sobrino del marciano Tío Martin.

Pues bien, me disfracé de Hulk completo: me pinté de verde, rompí un blue-jean que me quedaba pequeño, y con un corcho quemado me pinté una sola ceja. Lo demás fue fotopose y como dos meses riéndome del episodio.

Ahora me he vuelto más como Hulk, es decir, gordo y verde. Adoro las hierbas, en todos sus matices y formas: albahaca, perejil, cebollín, orégano, estragón, romero, salvia y menta nunca faltan en mi despensa. Secas o frescas, según la receta y lo que desee lograr. Me he dado cuenta que las hierbas secas generan más percepción retronasal que las frescas en algunos casos, pero en general procuro usarlas frescas.

Hace un par de días acompañé a mi mamá al supermercado, y compré un montón de sobrecitos de albahaca Agriquisa, para hacer pesto. Ya tengo un buen aceite de oliva extra virgen de 0.7% de acidez, un buen pecorino, ajos frescos, y me faltan nomás los piñones, que normalmente cambio (si no los encuentro) por nueces. El otro día se me ocurrió probar con almendras, pero el aroma terminó siendo desagradable pues el perfume de la albahaca se diluye perceptiblemente… Cosas que pasan.

Cuando hago pesto, siempre tengo a mano unos frasquitos de vidrio, para regalar. Procuro quitarles las etiquetas, y lavarlos bien con agua caliente para eliminar cualquier rastro del anterior contenido. Por supuesto, estos frasquitos no duran nada: mi mamá y mis tías, en especial la monjita comen pesto a raudales, simplemente con pan fresco o viejo, y mozzarela. Claro: un buen café, junto con una buena conversación, resulta en una combinación ganadora del mejor premio imaginable.

Una hierba a la cual si le tengo distancia es el cilantro. Una vez traté, por influencia de un programa de tv de cocina mexicana y de un vendedor de esquina que me regaló casi un kilogramo de la hierba por mil bolívares, de hacer una salsa de cilantro al mejor estilo azteca. Lo único que puedo decir es que es bueno el cilantro, pero no tanto: resultó incomible, pero sirvió de base para varios platos y sopas diversos.
El único inconveniente con las hierbas es que a veces terminan en los espacios interdentales, o en las caras vestibulares de los dientes anteriores. Por eso siempre es bueno maridar un buen plato con hierbas y el mejor vino posible, junto con la grata compañía de una confidente que te indique, con su sonrisa, que tienes algo verde en los dientes.

Ya pasó el carnaval, y comenzamos la cuaresma. Son cuarenta días con sus noches, hasta que Cristo muere y resucita. Es un misterio, una situación y un reto para todos nosotros, los cristianos católicos romanos. Incluso para mí, que debo agregar a estas tres condiciones el ser no practicante pero igualmente miembro del equipo delta del Arzobispado de Maracaibo.

Durante la cuaresma siempre me siento pesado, hinchado y sudo extremadamente mucho. Los ventarrones de carnaval van cambiando por el seco calor de Semana Santa. Siempre recuerdo esta época con un sol abrasador que aviva colores y pasiones, haciendo que el sudor sepa cada vez más salado. Si, son colores salados; verdes de plantas que apenas sobreviven en los amarillos ocres de la tierra resquebrajada por el sol, bajo un cielo azul inmenso donde unas pocas nubes blancas se apuran para no deshacerse con el inclemente dios de los incas. Paredes pintadas con cal, que manchadas por los terrosos culminan en acentos azules de esmalte, usado por alguno que pretendió decorar esas vigas añejas de los techos altos, mientras el salado sudor te arde en los ojos apenas abiertos por la insolación. El azul del cielo, del mar y de las vigas donde los mecates de la hamaca crujen, cuando te meces a la una y cuarenta y cinco de la tarde buscando refresco, mientras sientes la piel áspera, los labios salados, y piensas que la arena en los pies ya no molesta tanto.

El rito de cuaresma promueve el ayuno y recogimiento. A veces no es necesario hacerlo, pues a menudo ciertos demonios son liberados a mi alrededor, y realmente me quitan las ganas de comer, aparte de hacerme sentir incómodo. Es una sensación acre, desabrida, agria. Su persistencia me ha convertido en algo peor que su propia denominación: su degustador preferido, producto de experiencias totalmente íntimas que han despertado en mí una secreta preferencia por esos cítricos de la vida. Quizás por eso, dicen que poseo un humor tan ácido como mis gustos alimenticios.

En cuaresma siempre termino abatido psicológicamente, en algún momento, por causa de algún evento. Fiel a mis principios y a mi formación, procuro trabajar las frustraciones tal y como puede hacerlo, según mi criterio, una persona adulta: negación, rabia y depresión deben conjugarse en cualquier orden para llegar a la final y definitiva aceptación. Por lo tanto, siempre termino tragando hiel, con su consecuente y persistente amargo que opaca a cualquiera, tiñendo de maldiciones mis frases últimas en cada conversación ofuscada. Ya se: debo evitar esto, y siempre termino extendiendo disculpas por esta conducta, pero sépanlo: yo no tengo la sangre de horchata, como muchos otros que conozco. Solo el amargo del chocolate oscuro me calma – por lo de las endorfinas.
Durante cuaresma también me siento melancólico. Recuerdo a gente que no debería recordar, y también me acuerdo de cosas que debería olvidar para siempre. Hay veces que solo el dulce de los labios de la mujer que amo me devuelve al presente. Por eso la amo, y la protejo, así como cuido a los míos, con la sensación retronasal de la agridulce y prohibida venganza que tanto me gustaría ejecutar, pero a la que nunca me rebajo; son cosas que me dan fuerza, y me hacen sentir mucho más vivo en esos momentos cuando te duelen el cuerpo y el alma.
Todos hemos llorado alguna vez hasta quedar sin fuerzas. Si no lo han hecho, ya es hora; y si les ha pasado recientemente, deben tener presente el astringente de las lágrimas en la garganta. Es como si hicieran gárgaras con el zumo de cientos de granadas, ahogando los gritos de un dolor profundo en sonidos guturales que nadie, ni siquiera ustedes, pueden entender. Yo he llorado en cuaresma, aunque en esta todavía no. Es interesante que solamente la cultura oriental considere la astringencia un sabor, así como el llanto una conducta humana tipificada; en occidente tanto uno como el otro son apreciados como texturas, ya sea de los alimentos o del alma.
En fin, la cuaresma cura, como la sal a la carne. En su trance resulta amarga como el excremento, acidula al humor, agria la risa y astringe el sollozo. Al final, endulza el alma con la esperanza real y sincera, que la vida vale la pena vivirla, pero no en una eterna cuaresma.