La Cuaresma y sus sabores

marzo 6, 2006

Ya pasó el carnaval, y comenzamos la cuaresma. Son cuarenta días con sus noches, hasta que Cristo muere y resucita. Es un misterio, una situación y un reto para todos nosotros, los cristianos católicos romanos. Incluso para mí, que debo agregar a estas tres condiciones el ser no practicante pero igualmente miembro del equipo delta del Arzobispado de Maracaibo.

Durante la cuaresma siempre me siento pesado, hinchado y sudo extremadamente mucho. Los ventarrones de carnaval van cambiando por el seco calor de Semana Santa. Siempre recuerdo esta época con un sol abrasador que aviva colores y pasiones, haciendo que el sudor sepa cada vez más salado. Si, son colores salados; verdes de plantas que apenas sobreviven en los amarillos ocres de la tierra resquebrajada por el sol, bajo un cielo azul inmenso donde unas pocas nubes blancas se apuran para no deshacerse con el inclemente dios de los incas. Paredes pintadas con cal, que manchadas por los terrosos culminan en acentos azules de esmalte, usado por alguno que pretendió decorar esas vigas añejas de los techos altos, mientras el salado sudor te arde en los ojos apenas abiertos por la insolación. El azul del cielo, del mar y de las vigas donde los mecates de la hamaca crujen, cuando te meces a la una y cuarenta y cinco de la tarde buscando refresco, mientras sientes la piel áspera, los labios salados, y piensas que la arena en los pies ya no molesta tanto.

El rito de cuaresma promueve el ayuno y recogimiento. A veces no es necesario hacerlo, pues a menudo ciertos demonios son liberados a mi alrededor, y realmente me quitan las ganas de comer, aparte de hacerme sentir incómodo. Es una sensación acre, desabrida, agria. Su persistencia me ha convertido en algo peor que su propia denominación: su degustador preferido, producto de experiencias totalmente íntimas que han despertado en mí una secreta preferencia por esos cítricos de la vida. Quizás por eso, dicen que poseo un humor tan ácido como mis gustos alimenticios.

En cuaresma siempre termino abatido psicológicamente, en algún momento, por causa de algún evento. Fiel a mis principios y a mi formación, procuro trabajar las frustraciones tal y como puede hacerlo, según mi criterio, una persona adulta: negación, rabia y depresión deben conjugarse en cualquier orden para llegar a la final y definitiva aceptación. Por lo tanto, siempre termino tragando hiel, con su consecuente y persistente amargo que opaca a cualquiera, tiñendo de maldiciones mis frases últimas en cada conversación ofuscada. Ya se: debo evitar esto, y siempre termino extendiendo disculpas por esta conducta, pero sépanlo: yo no tengo la sangre de horchata, como muchos otros que conozco. Solo el amargo del chocolate oscuro me calma – por lo de las endorfinas.
Durante cuaresma también me siento melancólico. Recuerdo a gente que no debería recordar, y también me acuerdo de cosas que debería olvidar para siempre. Hay veces que solo el dulce de los labios de la mujer que amo me devuelve al presente. Por eso la amo, y la protejo, así como cuido a los míos, con la sensación retronasal de la agridulce y prohibida venganza que tanto me gustaría ejecutar, pero a la que nunca me rebajo; son cosas que me dan fuerza, y me hacen sentir mucho más vivo en esos momentos cuando te duelen el cuerpo y el alma.
Todos hemos llorado alguna vez hasta quedar sin fuerzas. Si no lo han hecho, ya es hora; y si les ha pasado recientemente, deben tener presente el astringente de las lágrimas en la garganta. Es como si hicieran gárgaras con el zumo de cientos de granadas, ahogando los gritos de un dolor profundo en sonidos guturales que nadie, ni siquiera ustedes, pueden entender. Yo he llorado en cuaresma, aunque en esta todavía no. Es interesante que solamente la cultura oriental considere la astringencia un sabor, así como el llanto una conducta humana tipificada; en occidente tanto uno como el otro son apreciados como texturas, ya sea de los alimentos o del alma.
En fin, la cuaresma cura, como la sal a la carne. En su trance resulta amarga como el excremento, acidula al humor, agria la risa y astringe el sollozo. Al final, endulza el alma con la esperanza real y sincera, que la vida vale la pena vivirla, pero no en una eterna cuaresma.

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Una respuesta to “La Cuaresma y sus sabores”

  1. uwpgzdosjo Says:

    gcqpfivua

    clczjdvonmg qvxgxdsfzey knlhsfxji


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