Pizzicato

julio 21, 2006

Siempre hago bromas acerca de los paseos y actividades especiales que viví en el colegio donde estudié desde segundo grado de primaria hasta que me gradué de bachiller; que si nos llevaron al Serengueti a ver como los antílopes eran cazados por una manada de leonas hambrientas, o cuando hicimos un picnic en los Campos Elíseos en Paris… En todas aquellas aventuras, siempre estaban presentes los refrigerios académicos infaltables durante los años ochenta: un miserable sandwich de diablitos triangular, y un cuartico de jugo de naranja.

La verdad es que yo disfruté de una época muy chévere en el cole. Me llevaban a eventos especiales de la Orquesta Sinfónica de Maracaibo, actos y exposiciones de Guardia Nacional, galerías de arte, museos, y hasta paseos para simplemente “pintar” a la acuarela en clases de Educación Artística y Manualidades. Ya en los últimos años, participamos en programas de concursos estudiantiles tanto en televisoras nacionales como en las regionales, así como en actos culturales importantes y jornadas para la comunidad. En todos estos eventos, me seguían persiguiendo esos pequeños canapés de pan con diablitos, jamón y/o queso, y el cuartico de jugo de naranja, que había evolucionado del diedro aquel de cartón parafinado a un envase blanquecino transparente de plástico desechable y desdeñable, con un foil de aluminio en su tope.

Una de las mejores experiencias fue cuando asistimos a una serie de conciertos educativos de la Sinfónica en el Centro Bellas Artes. El tema de aquella sesión fue los diferentes estilos y técnicas de cada grupo de instrumentos, y entre ellos me llamó mucho la atención el pizzicato, denominación clásica de la práctica que en mi familia se denominaba punteo. Mis tios músicos punteaban magistralmente, ya fuera con la guitarra o con el cuatro. No se exáctamente que pasaba con la mandolina, pues nunca les vi ejecutarla; quizás era una cuestión de feeling con la cuña, ese pequeño y absurdo accesorio que muchos usan incluso para tocar guitarras eléctricas, y que pasmosamente les causaba tanto desdén como a mi los cuarticos de jugo de naranja.

Hoy día muchos de mis tíos han muerto, y mucho ha cambiado en mi vida; las aventuras siguen siendo fantásticas, aunque ya no existen en mi imaginación, sino que son el pan de cada día. Tristemente me ha tocado descubrir que aquello de los pancitos de sandwich a la mitad caló certeramente en los que a mi alrededor continúan, pues su delirio constituye: mayonesa, ketchup, diablitos y un punto de mostaza en pan de sandwich cuadrado, cortado al bies y servido en bandeja con servilletas.

Algo que si no sobrevivió en mi vida fueron los miserables cuarticos, así sean ahora de tetra-brik; son y seguirán siendo tan breves como el pulso de un violinista cuando ejecuta una pieza en pizzicato.