Una Feliz Navidad

diciembre 24, 2007

Más allá de las consideraciones culinarias, del cuento aquel de que las mejores hallacas son las de mi mamá, que si el puerco está más caro que el pavo, y que es necesario retirarle a la gallina ciertas glándulas para evitar un acre y característico aroma, la Navidad es de verdad la fiesta por excelencia de la esperanza.

Por eso, no olviden comprar sus digestivos y todo lo que necesiten para compartir con mesura esta noche. Recuerden a los que no tienen la dicha de escoger qué van a comer hoy, e inviten a alguien que nadie se espera para compartir aunque sea un platico de dulce. Honren a los partidos, y abracen a los recién llegados. Y ante todo sepan que lo que no se compra ni se regala y mucho menos se puede preparar, es una buena charla que aderece la cena navideña.

A todos deseo unas felices fiestas. Por aquí estaremos, antes y después del 31, esperando sus comentarios y disfrutando de una inusual brisa lacustre, pues El Tablazo agarró vacas.

diib

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Noon Shooting at 72th Street.

diciembre 20, 2007

Maracaibo, 19 de diciembre de 2007 a la 1:25pm de la tarde. El calor seco e infernal que cae sobre la ciudad ni se sentía dentro del local; mientras, la densa calma de la situación presagiaba un desenlace totalmente inesperado para todos, en especial para el equipo de veinte o más policías que se desplegaba fuera del local con sus armas de fuego caladas y listas para imponer la ley.

Yo llegué junto a mis sobrinos y mi esposa a Chop’s de la 72 como a las 12:55pm, y había una cola de casi 20 personas hasta la caja. Los chamos se sentaron mientras mi esposa resolvía un caso ortodental con una colega en la clínica adyacente al local. Aproveché el tiempo que pasé en la cola para hacer unas llamadas a clientes y proveedores, y en un instante mi bella llegó y se sentó con los chamos despreocupados, al igual que el resto de los clientes, del peligro inminente que se cernía sobre todos los presentes.

La cola se fue moviendo poco a poco, hasta que salió un segundo dependiente al mostrador y todo se aceleró. Era la hora de almuerzo del crew, y todo se había vuelto una improvisada operación morrocoy de patacones, hamburguesas, tequeños, arepas y refrescos. La cajera no daba abasto para manejar tanto el servicio de la registradora, como las bandejas, servicio de bebidas y quejas —siempre las hay, en especial cuando un patacón, hamburguesa o arepa es personalizado a gusto del cliente, y eso sobra en esta ciudad: ridícul@s que quieren obviar por alguna razón alguno de los 5 o más ingredientes de cualquier ítem del menú que conocen desde hace 30 años.

Lo único que no se les ocurre ordenar de manera personalizada son los tequeños, causa y razón desencadenante de los eventos que les narraré a continuación.

Entre los comensales que poblaban el local —recientemente remodelado y ampliado, ya no se rebosa sino que sobra el espacio— sobraban los oficinistas, personas de diversos estratos, gordos y flacos, y algunos policías que llegaron a darse un respiro del clima imperante en los alrededores, disfrutando de una buena ración de tequeños, aparte de otras delicatesses propias de la marabine fast food. Estos agentes eran obviamente personas comunes, que llegaron vestidas de particular y sin algo más llamativo que bastantes prendas de oro, ropa bastante ajustada y sendas armas cortas de fuego caladas en la cintura dentro de sus forros. No alardeaban, ni fanfarroneaban; fueron corteses, y dicharacheros como cualquier maracucho. Tenían hambre, estaban fuera de su turno y llegaron al local para satisfacer, al igual que el resto de las 50 o más personas que estábamos allí, su necesidad de almorzar con cierto nivel de calidad y precio relativamente solitario.

Cuando el segundo dependiente salió al mostrador, se notó que todo el crew había terminado de comer y descansar. Los tiempos de respuesta variaron de 5 o más minutos a menos de 2 minutos para cada entrega. Cuando el chamo salió, me faltaban dos clientes para llegar a la caja. Al llegar mi turno pedí 3 hamburguesas y un patacón de plátano maduro/jamón y queso, tres coca-colas, un nestea, una porción de ketchup en vasito y dos servicios de tequeños —uhmmmmmm, el vicio. Al cancelar apenas tuve que esperar, y en un par de minutos ya vi como salía mi pedido y era colocado graciosamente en dos bandejas, que mi sobrino me ayudaría a llevar hasta la mesa. Me acerqué y le dije al dependiente mi nombre, revisó el ticket y así evité un desmesurado grito con mi nombre, mientras tomaba las bandejas. Acababa de darme la vuelta cuando observé como mi esposa se levantó inesperadamente de la mesa donde estaba, y se trajo del brazo a mi sobrina que no cabía en impacto por lo que acababa de ver. Yo le pregunté entonces a mi esposita:

– Pero, ¿te vais a cambiar de mesa? ¿qué pasó mijita?
– Es que hay un atraco afuera, y están llegando policías… No vaya a ser que se les vaya un tiro, nos quitamos del ventanal.
– Ay vaina… Pero, hay mucho policía??
– Si, un montón ahí… Ve! nos están rodeando…!!!

En ese momento varias patrullas de Polimaracaibo, Policía Regional y varias motos emboscaron en segundos toda la calle y rodearon el local. Con mi sangre fría habitual observé el despliegue mientras los policías nos hacían señas desde el exterior que nos replegáramos hacia el mostrador, así que descansé la bandeja de nuevo en el mesón y destapando el ketchup procedí a comenzar con los tequeños, mientras ubicábamos a los sobrinos en shock detrás de una columna. Los agentes que estaban dentro del local valientemente sacaron sus placas, y salieron del local sin titubear; algunas personas que no se habían percatado de su profesión les pidieron que no salieran por su propio bien, mientras otros corrían hacia el baño, paredes, y uno que otro rincón delante o detrás de otras personas.

Yo mientras, untaba ketchup en mi tequeño recién frito. Entonces entró un oficial de Polimaracaibo, con el arma en mano en alto, y se dirigió a los presentes que aguardaban en silencio:

– Señores ¿todo está bien? se nos informó que había un atraco con situación de rehenes aquí en este local.

Entonces cometí la peor payasada que he hecho en mi vida. Con el tequeño untado de ketchup dije de manera clara, sonora y elocuente, al mejor estilo de Homero Simpson:

– Ay, me agarraron con las manos con las manos en la masa.

Y todo el local se rió al unísono, al igual que el oficial que me miraba incrédulo. Entonces todos los presentes aseguramos que no había ningún atraco ni situación de rehenes ni nada similar. El oficial nos solicitó que nos quedáramos en calma mientras salía, y entonces entraron un par de oficiales también de Polimaracaibo, pero en este caso un hombre y una mujer, ambos con armas caladas con el cañón vertical y espalda_con_espalda. Al entrar a local, el oficial se dirigió hacia un joven oficinista de aproximadamente 1.70m de altura, que estaba pegado a una pared adyacente a la entrada del local. Entonces apuntándolo le preguntó:

– ¿Y usted? ¿quién es? ¿qué hace ahí?
– Yo… yop… bbbbvvine a comprraar unos patacooooo… Logró decir el pobre entre dientes.

Entonces bajando las armas preguntaron, al igual que el oficial anterior, si había un atraco o no. Todos volvimos a asegurarle que no había nada, y que todo estaba en orden. El oficinista se movió de la pared, pálido y tembloroso, al igual que mi sobrino el valiente, cuya respuesta ante el evento fue sencillamente tomar su celular, apagarlo y esconderlo entre sus pantalones, para seguir castañeteando las rodillas sin más preocupaciones. El primer policía volvió a entrar, y nos explicó a todos que aparentemente había sido un malentendido, pues habían recibido un aviso informando que se llevaba a cabo una situación de robo con rehenes en Chop’s Calle 72; que todo estaba en orden, y podíamos continuar con nuestras tristes vidas de alabanzas a los triglicéridos trans.

Ya aclarado en parte el suceso, fuimos y nos sentamos en la misma mesa donde me estaban esperando, al borde del ventanal principal del local. Vimos como todos los funcionarios se reían y guardaban sus armas, y comenzaron a partir de la operación de salvamento abortada. Los comentarios no se hicieron esperar, y todos comentaban entre risa y sorna lo que acababa de suceder. Algunos de los oficiales de civil entraron molestos, y otros no paraban de sonreir y se les notaba la carcajada en el rostro. Almorzamos, terminamos y decidimos salir y contarle a la amiga de mi esposa. Entonces supimos la verdad acerca de todos los hechos. La gerente del local, una de las catiras de Chip’s, ya para ese momento había hecho presencia y estaba más desencajada que nunca, entrando y saliendo con papeles y cosas para mostrarle a los agentes de la ley.

El vigilante privado del local se mantienen en las afueras del mismo. Yo lo vi cuando entré al estacionamiento con el Nova y los sobrinos para aparcar el vehículo, y lo volví a ver cuando entramos al local. Un rato después de haber llegado nosotros (20 minutos quizás) el vigilante observó a un grupo de 4 personas, vestidos de civil, armados hasta los dientes y que entraron al local sin pena ni gloria, por la puerta principal. Su intuición le indicó que estos personajes eran atracadores, y antes que mostrarles resistencia decidió llamar a la policía para que se encargara de la inminente situación de robo con rehenes que estaba a punto de formarse. Cuando el chamo vigilante nos contó eso, yo no cabía en mi asombro y perplejidad. La intuición errada de un vigilante privado provocó una movilización sin ecuanón que pudo haber provocado una desgracia sin necesidad.

Al final, nos fuimos con otro cuento para contar, y la certeza que por unos tequeños se puede formar tremendo lío. Y si no lo creen, comenten, que pa eso está.

Dios obra en maneras misteriosas, y de la noche a la mañana han renovado ese ambiente cowboy western spaguetti que tenía Chop’s de la calle ’72 en Maracaibo, y le aplicaron una reingeniería de puestos, acabados en las paredes, e iluminación.

Hoy pasamos por allá a darnos una cena “tempranera” aprovechando lo del cambio del huso o abuso horario en Venezuela, como a las 6:30pm. Es cierto, sigue siendo el mismo Chops, con las hamburguesas exquisitas hechas al instante, los patacones verdes o maduros, y muchos tequeños. Pero ahora está más ámplio, más colorido, más luminoso y mucho menos ochentoso.

Felicidades a la gentecita de Chops, por el rediseño y la nueva imagen —se me olvidaba que hasta los vasos son diferentes. Valió la pena hacer el gasto, porque igual llegan los mismo clientes y más, pues la calidad se mantiene y hay más espacio, confort e iluminación. Al fin, ya no me vendrá a la mente Clint Eastwood en The Good, The Bad and The Ugly cuando compre tequeños.

Curado al fuego.

diciembre 13, 2007

Hay tantas cosas que decir acerca del fuego y la comida. Que si es perjudicial o resulta sanitario, que crudo es beneficioso para el organismo o que cocido sabe mejor… En fin, el fuego y las artes culinarias van de la mano, en mayor o menor grado.

Hasta el más recio macrobiótico entiende que de vez en cuando cocinar unos frijoles vale la pena. Y para cocinar es necesario tomar alimentos y aplicarles un proceso de aderezado y/o curado, para resaltar y/o crear propiedades organolépticas que resulten agradables al comensal. En la sección del curado es que se incluye el uso del fuego, pues la exposición de los alimentos al calor y/o a las llamas, permite un curado selectivo de acuerdo al producto deseado. De ahí que se generalice la relación entre el verbo cocinar y el fuego.

Desde la simple brasa de leña seca, que impregna de aquellos suculentos carburos policíclicos aromáticos y cancerígenos a los alimentos —en especial los ahumados con procesos naturales— hasta las modernas placas de vitrocerámica y los hornos de microondas, lo interesante y fantástico del proceso creativo culinario es saber la forma y manera más efectiva de suministrar el calor requerido para transformar aquel insignificante trozo de lo_que_sea en un suculento manjar de dioses, impregnado de aromas, colores, texturas y gradientes de intensidades y sabores que deleitan hasta al poseedor del alma más infeliz. Antes uno se conformaba con que estuviera bien cocido, termino medio o casi crudo; ahora hay tantas opciones, técnicas, instrumentos y productos que resulta imposible entender con franqueza como se le quema el arroz a mi mamá, 8 de cada 10 veces que lo prepara.

Gracias a la internet podemos conocer técnicas y equipos nunca antes vistos para manejar la cocción de los alimentos. Solo hay que pasar por MercadoLibre.com, Ebay o cualquier sitio web para encontrar mil y un utensilios, modelos de cocinas, sartenes, ollas, termómetros (lo último son los infrarojos con puntero láser), y miles de técnicas y recetas para cocinar de tal o cual manera una miserable pata de pollo. De esta manera el manejo del calor, y en general del fuego, se ha convertido en una suerte de supuesta constante de total control para todos los que de alguna manera entran o salen de una cocina; cualquiera flamea, decora con caramelo, gratina e incluso compra y usa sin cuidado un pequeño soplete para darle un acabado perfecto a la crème brûlée.

De hecho, la única persona que conozco y que se sigue quemando los antebrazos con bordes de ollas, parrillas de hornos, y que no tiene vellos en las manos es mi mamá. Para todos los usos hay guantes, trapitos, agarraderas, y cobertores de materiales no ignífugos, que evitan la propagación indeseada del fuego más allá de sus espacios utilitarios, como en aquel anime en el cual una chispa de estrella fugaz fue capturada por un mago, y había sido engañada aprovechando el atolondramiento causado por su captura, para que trabajara como el fuego que mantenía funcionando las calderas de la casa ambulante del hechicero. ¡Qué intensa era la relación entre el nigromante y aquella chispa, trastornada en fuego de caldera! La existencia de cada uno se justificaba por la permanencia y perseverancia del otro y viceversa.

Hace como tres semanas recuerdo que mi abuelo se apareció con varias piñas, y me dieron una que estaba muy dulce y madura. Al otro día, cuando salí en la tarde recordé la piña y compré un medio litro de helado de mantecado. Al poco rato de haber vuelto a casa, llegaron mis primos y junto a mis sobrinos y mi esposa ya sumábamos siete, así que decidí jugar un rato con fuego: corté la piña en rodajas y luego en cuñas, que flameadas con ron añejo Real Carúpano Black y envueltas en caramelo de azúcar morena, serví con el helado en unas prácticas tazas de cerámica.

Mi sobrina me pidió esa noche que flameara las piñas de manera circense. Como es usual, seguí mis instintos y resultó todo excelente. Fue una velada especial, de esas en las cuales de pronto la gente queda en silencio, disfrutando una tontería que salió de mezclar cosas sencillas, cotidianas, y que a veces se pasan días en la nevera.

Hoy me consume otra cosa diferente al fuego. Es el perenne recuerdo que tendré de los años que viví en esa casa junto a mi esposa, un pequeño loft a dos niveles que mi tío me brindó hace poco más de un lustro para que lo viviera y mantuviera, y que hace 13 días fue destruido por un incendio a causa de un corto circuito interno en una pared. Cables defectuosos, una grieta por la que se coló humedad y pequeñas hormigas, fueron suficientes para que en menos de una hora el 70% de mi hogar se redujera a cenizas.

Ahora me toca construir la cocina de mis sueños en una nueva casa, junto a mi esposa. Es prudente reconocer que no hubo ni víctimas ni heridos durante este incidente. Solo se perdieron cosas, aunque muy costosas, pero al final son eso: objetos. Hasta mis perritos fueron salvados al mejor estilo de una serie de tv americana de los ’50, por un bombero que cruzó las llamas para sacarlos envueltos con el cobertor de mi cama. Y el mayor milagro fue que todos habíamos salido juntos, unos minutos antes que comenzara el incendio, que inexplicablemente comenzó por una conexión donde no había ningún aparato encendido.

Si no lo sabían, sépanlo: soy muy católico, aunque usualmente bastante escatológico. Por eso creo que Dios nos ungió con fuego. Hoy estoy ya reinstalado en casa de mi mamá, junto a mi esposa y mis dos cachorros poodle, y tengo excelentes perspectivas para el año que viene. Los próximos textos que postearé serán acerca de las terribles situaciones que vendrán en estos días cocinando junto a mis familiares, y espero que el 2008 traiga dicha y prosperidad para todos.