A comenzar desde Zero

abril 1, 2009

Hace exáctamente un año litúrgico católico que no escribo aquí. Pero como dicen algunos que la ocasión obliga, pues nada mejor para comenzar que la llegada de un producto que esperaba hace mucho tiempo: la elegante CocaCola Zero.

Tapa CocaCola Zero

Tapa CocaCola Zero

Mis tías y mi mamá son fanáticas de los refrescos light, categoría que engloba a todas las bebidas de bajas calorías en Maracaibo, incluyendo a las cervezas ligeras por supuesto. Cerca de mi casa hay una distribuidora de refrescos al mayor, y cuando pasaron hoy en la tarde vieron unos elegantes paquetes en el frente, y se acercaron. Era ella, la inigualable Zero, que promete un sabor sin igual con bajas calorías… Era imposible no comprarla, y me han traído una hace un rato.

El sabor me recuerda bastante el del Tab, para algunos que lo hayan probado por esos años. Nada que ver con la Coke Light. Coke Zero ha sido acusada de ser cancerígena, pues inicialmente se comenzó a producir con ciclamato de sodio, pero actualmente se produce con una mezcla de Aspartame y Acesulfame K, que resultan dañinos al cuerpo a partir de la ingestión de más de 0.50 mg por kilogramo de peso, es decir que una persona de 70 kg tendría que beberse unas 17 latas de 355ml diariamente para llegar al borde del nivel tóxico. La que me estoy tomando es de 600ml, la usual “bombita”.

El empaque es lo más atractivo: negro por todos lados, con toques de gris plata, blanco y rojo (obvio). Es interesante que aquí hayan optado por incluso hasta una tapa negra, cuando CocaCola siempre usa blancas o rojas.

Hecha en la República Bolibanana meeessma!!!

Hecha en la República Bolibanana meeessma!!!

Aunque en el sitio de la wikipedia dice que usa sabores naturales, yo creo que es importante decir que si, la CocaCola si trae trazas de coca pues es el mayor comprador de extracto de esa plantita de Bolivia. Aparte, en algún lado leí alguna vez que la Coke Zero estaba hecha con una matica que consiguieron en Paraguay, y que le daba ese sabor y aroma especial que la caracteriza, aparte del sabor característico. Bien por la matica, y por la gente de CocaCola, pues.

Supuestamente no se produce en Venezuela, aunque las fotos hablan por sí solas. Ahí tienen pues, terminé con la negrita de Zero, comenzando de nuevo a escribir aquí en este sitio que tantas sorpresas y alegrías me ha brindado.

Salud, internautas.

Curado al fuego.

diciembre 13, 2007

Hay tantas cosas que decir acerca del fuego y la comida. Que si es perjudicial o resulta sanitario, que crudo es beneficioso para el organismo o que cocido sabe mejor… En fin, el fuego y las artes culinarias van de la mano, en mayor o menor grado.

Hasta el más recio macrobiótico entiende que de vez en cuando cocinar unos frijoles vale la pena. Y para cocinar es necesario tomar alimentos y aplicarles un proceso de aderezado y/o curado, para resaltar y/o crear propiedades organolépticas que resulten agradables al comensal. En la sección del curado es que se incluye el uso del fuego, pues la exposición de los alimentos al calor y/o a las llamas, permite un curado selectivo de acuerdo al producto deseado. De ahí que se generalice la relación entre el verbo cocinar y el fuego.

Desde la simple brasa de leña seca, que impregna de aquellos suculentos carburos policíclicos aromáticos y cancerígenos a los alimentos —en especial los ahumados con procesos naturales— hasta las modernas placas de vitrocerámica y los hornos de microondas, lo interesante y fantástico del proceso creativo culinario es saber la forma y manera más efectiva de suministrar el calor requerido para transformar aquel insignificante trozo de lo_que_sea en un suculento manjar de dioses, impregnado de aromas, colores, texturas y gradientes de intensidades y sabores que deleitan hasta al poseedor del alma más infeliz. Antes uno se conformaba con que estuviera bien cocido, termino medio o casi crudo; ahora hay tantas opciones, técnicas, instrumentos y productos que resulta imposible entender con franqueza como se le quema el arroz a mi mamá, 8 de cada 10 veces que lo prepara.

Gracias a la internet podemos conocer técnicas y equipos nunca antes vistos para manejar la cocción de los alimentos. Solo hay que pasar por MercadoLibre.com, Ebay o cualquier sitio web para encontrar mil y un utensilios, modelos de cocinas, sartenes, ollas, termómetros (lo último son los infrarojos con puntero láser), y miles de técnicas y recetas para cocinar de tal o cual manera una miserable pata de pollo. De esta manera el manejo del calor, y en general del fuego, se ha convertido en una suerte de supuesta constante de total control para todos los que de alguna manera entran o salen de una cocina; cualquiera flamea, decora con caramelo, gratina e incluso compra y usa sin cuidado un pequeño soplete para darle un acabado perfecto a la crème brûlée.

De hecho, la única persona que conozco y que se sigue quemando los antebrazos con bordes de ollas, parrillas de hornos, y que no tiene vellos en las manos es mi mamá. Para todos los usos hay guantes, trapitos, agarraderas, y cobertores de materiales no ignífugos, que evitan la propagación indeseada del fuego más allá de sus espacios utilitarios, como en aquel anime en el cual una chispa de estrella fugaz fue capturada por un mago, y había sido engañada aprovechando el atolondramiento causado por su captura, para que trabajara como el fuego que mantenía funcionando las calderas de la casa ambulante del hechicero. ¡Qué intensa era la relación entre el nigromante y aquella chispa, trastornada en fuego de caldera! La existencia de cada uno se justificaba por la permanencia y perseverancia del otro y viceversa.

Hace como tres semanas recuerdo que mi abuelo se apareció con varias piñas, y me dieron una que estaba muy dulce y madura. Al otro día, cuando salí en la tarde recordé la piña y compré un medio litro de helado de mantecado. Al poco rato de haber vuelto a casa, llegaron mis primos y junto a mis sobrinos y mi esposa ya sumábamos siete, así que decidí jugar un rato con fuego: corté la piña en rodajas y luego en cuñas, que flameadas con ron añejo Real Carúpano Black y envueltas en caramelo de azúcar morena, serví con el helado en unas prácticas tazas de cerámica.

Mi sobrina me pidió esa noche que flameara las piñas de manera circense. Como es usual, seguí mis instintos y resultó todo excelente. Fue una velada especial, de esas en las cuales de pronto la gente queda en silencio, disfrutando una tontería que salió de mezclar cosas sencillas, cotidianas, y que a veces se pasan días en la nevera.

Hoy me consume otra cosa diferente al fuego. Es el perenne recuerdo que tendré de los años que viví en esa casa junto a mi esposa, un pequeño loft a dos niveles que mi tío me brindó hace poco más de un lustro para que lo viviera y mantuviera, y que hace 13 días fue destruido por un incendio a causa de un corto circuito interno en una pared. Cables defectuosos, una grieta por la que se coló humedad y pequeñas hormigas, fueron suficientes para que en menos de una hora el 70% de mi hogar se redujera a cenizas.

Ahora me toca construir la cocina de mis sueños en una nueva casa, junto a mi esposa. Es prudente reconocer que no hubo ni víctimas ni heridos durante este incidente. Solo se perdieron cosas, aunque muy costosas, pero al final son eso: objetos. Hasta mis perritos fueron salvados al mejor estilo de una serie de tv americana de los ’50, por un bombero que cruzó las llamas para sacarlos envueltos con el cobertor de mi cama. Y el mayor milagro fue que todos habíamos salido juntos, unos minutos antes que comenzara el incendio, que inexplicablemente comenzó por una conexión donde no había ningún aparato encendido.

Si no lo sabían, sépanlo: soy muy católico, aunque usualmente bastante escatológico. Por eso creo que Dios nos ungió con fuego. Hoy estoy ya reinstalado en casa de mi mamá, junto a mi esposa y mis dos cachorros poodle, y tengo excelentes perspectivas para el año que viene. Los próximos textos que postearé serán acerca de las terribles situaciones que vendrán en estos días cocinando junto a mis familiares, y espero que el 2008 traiga dicha y prosperidad para todos.

A mediados del 2005 ocurrió que el Ángel de la Muerte decidió solventar ciertos asuntos inconclusos con mi familia. De pronto, en menos de 60 días, todos los viejos —apelativo con el cual se les trata cariñosamente a los ancianos padres, madres y tíos en mi familia— que quedaban fueron llamados a las puertas del cielo. De tal manera que luego de 7 velorios y entierros, nos dimos cuenta que ya no quedaban más familiares cercanos consanguíneos de la vieja guardia, de los nacidos antes de la 2da. Guerra Mundial, y que los que quedaban eran básicamente los baby-boomers y sus descendientes. Esta sensación inundó a todos en el Clan Molero con un cierto sentimiento de añoranza por los eventos pasados, y una suerte de sed por conocer la verdadera historia detrás del Secreto de la Bolita Roja, entre otras anécdotas que perviven como sobremesa en todas las casas de mi familia.

Meses después durante mayo de 2006, por casualidad coincidimos muchos de los Molero en casa de Tía Diossa, y de pronto surgió la idea de un reencuentro que se realizó en septiembre del mismo año; una reunión familiar que sirviera para conocer a los nuevos y más pequeños, a las esposas y esposos que sabemos que existen pero que no podríamos reconocer así nos encierren en una misma taguara durante una redada. Dimes y diretes fueron, así como ciertas apreciaciones económicas que resultaron más un disgusto que familiaridad, y al final aparte de la obvia diversión pautada para la encuentro —hablo de cerveza, risas, comentarios y mucho aroma a adn y cultura casera compartida— unos primos se encargarían de hacer un video con entrevistas de algunos personajes, entre ellos su servidor (soy el segundo primo mayor, hijo de la segunda hija mayor, y siempre me mantuve viviendo en la ciudad, dentro del seno del clan familiar), y yo me encargaría de hacer un slideshow con fotos que toda la familia recogió. Oh, que sorpresa cuando ese tesoro llegó a mis manos y tuve el privilegio de digitalizarlo para las generaciones futuras.

Imágenes que mostraban a mis tatarabuelos en las primeras décadas del Siglo XX, ya ancianos y enjutos, con la delicada sonrisa que nuestra Bisabuela Conchita donó a ciertas beldades en la familia… Fotografías de mi abuela con una estampa bellísima e intrigante, y una tía que nunca conocí pero que sigue viva en el recuerdo de todos, incluso de los más pequeños… Ver que el Pregonero Mayor le tenía respeto y admiración a las voz y barriga del Tío Fabio y a la magistral guitarra del Tío Toncho… Fue tal la emoción que me embargaba, pues además accedí a una de las pocas copias en compact cassette que hay de las grabaciones hechas totalmente unplugged y en reel de los ensayos de estos personajes, que no lo pensé dos veces y en poco menos de una semana organicé todo el material y pasé las 60 horas anteriores a la reunión ensamblando un par de videos (fueron dos porque no tenía espacio en disco duro para renderizarlo todo y supuse que por el contenido emocional, era mejor pasarlos uno primero y otro después). Monté entonces la tramoya de software correspondiente, y comencé a trabajar simplemente inspirado por el feeling que las imágenes me daban; el primer video iba desde principios de 1900 hasta 1957, con las últimas fotos de todos los hermanos Molero Espinoza juntos, y el segundo video comenzaba con las fotos de los nacidos en 1958, los cuales supe después estaban in uterus en las fotos finales del anterior capítulo.

Estos videos salvaron la velada, pues mis primos nunca llegaron con las entrevistas, aunque las prometieron una y otra y otra vez para algún día. Creo que tuvieron problemas con los cartuchos miniDV, o fue con la captura, o con la Mac recién comprada, o con la edición, o el render, o el quemado, o con todas las anteriores. Yo hice mis videos con Canopus Edius, Imaginate y ProCoder  (de Playita’s Store) en una Pentium 4 reencauchada que todavía uso para escribir estas líneas, bajo un Windows XP que no parece de Microsoft, y un scanner HP que obtuve mediante un canje. Lo quemé en CD porque era lo que tenía a mano, y de paso el pantalón de vestir que me puse en el evento se descosió en el peor momento de la reunión, al terminar los videos y comenzar la sesión de comentarios al respecto. Total, le tengo que dar gracias a toda mi familia por todos los recuerdos propios y ajenos que me permitieron asegurar en ese par de videos de 20 minutos cada uno, y que guardan una parte de la memoria visual familiar: lo que somos como gente, entre nosotros, y para los demás.

Exactamente un año después, un personaje cercano me sorprende con algo que nunca hubiera esperado. Carlanga estudió conmigo en el Colegio Cagigal, y mientras estaba en 5to. año de humanidades retozando con la idea de ser cineasta, yo me divertía con sus comentarios y conversas durante los ratos libres, pues estaba en 1er. año de bachillerato en el salón de al lado, en la misma ala de la institución. De ahí surgieron una serie de encuentros fortuitos que han hilvanado sus andanzas con las mías: vivía a unas cuadras de mi casa en La Paz, su hermana fue novia de Emma, y sus padres son amigos entrañables de mi madre.
Es así que Carlanga fue y vino de Cuba cuando era una isla y no un itsmo como ahora, y se graduó de cineasta en La Habana. En el devenir de los eventos acaba de terminar un documental que resulta siendo la tapa del frasco: Maracaibo con vista al Lago, producido en el marco de la serie de docus que tiene CINESA-CineArchivo y con el apoyo del BOD, es una recopilación visual de los conceptos y razones por las cuales el marabino se autodefine maracucho, y afianza el voseo cuando está más allá de los linderos del estado Zulia. Realizado con una estética exquisita y a la vez austera en ostentaciones más no en calidad e información, los radiantes colores de la ciudad más bella que existe en el continente (pues tiene Lago, China y Puente, Gaita, Hospitalidad, y el Calor de la Gente de más alta Calidad) son capturados por Carlos y su fig-rig, además de los documentos visuales que CINESA y muchas familias, empresas, diarios y pare de contar prestaron para que confeccionara 52 minutos de maravillas. Con la locución del gato, es un DVD de lujo que ningún maracucho y obviamente nadie con sangre zuliana puede dejar de tener.

Gracias a la Sra. D y el Sr. V, padres de Carlanga, pude ver en exclusiva este video. Espero adquirirlo a la brevedad, para colocarlo al lado de los otros discos que contienen el digital de los reels de audio, los scans de las fotos, los crudos y los render de los videos que hice, en la biblioteca de mi sala, junto con la foto de mi abuela y sus hermanos el tigre y estela marina. De verdad que es un lujo tomarse un café, de vista al Lago que vio nacer a mi familia hace siete generaciones por lo menos, la ciudad donde vivo y sigo comiendo, por ahora.

Los culos de Doña Flora

febrero 3, 2007

Si han revisado este blog, sabrán que me gusta el picante; de hecho me confieso adicto a esta preparación, aderezo o ingrediente, como prefieran llamarle. Y no soy el único en mi familia, pues mi papá, algunos hermanos y tíos adoran este adjetivo del paladar, en todas sus presentaciones. Ya sea en caramelos de jengibre, asado, ahumado, destilado, guisado, encurtido, o preparado en salsas, el ají picante siempre será bienvenido en mi mesa.

Hace años mi tío Fico en una de sus andanzas por el Amazonas, llegó a Puerto Ayacucho y observó como la gente compartía en los puestos de comida un extraño preparado de aspecto miserablemente marrón. Todos, en absoluto, aderezaban empanadas y arepas con este absurdo condimento, y preguntó si era alguna clase de salsa o preparado local. “Eso es catara. Pruebe, que es buena pa’ los hombres, y pa’ las mujeres también!!”. La catara viene a ser una clase de aderezo picante hecho básicamente con cinco ingredientes: ajíes guindillas picantes (que por aquí se conocen vulgarmente como pinguita de perro), el jugo de la yuca (subproducto de la confección del casabe), sal, otras especias (hierbas en general) y bachacos —específicamente el culo del bachaco, aunque no dudo que se cuelen patas, cabezas y otras partes del exoesqueleto de estos bichos. Todo esto va a dar a una licuadora y listo: ya tienes catara.

Ojo: bachacos en Venezuela se denominas las hormigas grandotas que viven en colonias gigantescas en la selva. Es decir: una hormiga es pequeña; un bachaco es una hormiga grande.

Por supuesto que el tío Fico no podía dejar de probar esta delicia, que conserva las características propias de un picante prácticamente silvestre junto con propiedades supuestamente afrodisíacas de altura. Y le gustó tanto, que a su regreso de Puerto Ayacucho llegó con unas varias botellas de catara, como regalo para sus parientes más cercanos, incluyéndome.

La industria de la catara es una cuestión básicamente familiar en Puerto Ayacucho, pues incluye el cultivo y/o la recolección de los insumos antes mencionados, incluyendo los bachacos. Por eso cada marca de catara identifica al colectivo, en general la empresa familiar que guarda celosamente las proporciones de jugo de yuca, sal, especias, picante y culos que lleva su catara. Por eso es diferente la Doña Flora (mi preferida, por cierto) de El Maguarí, de la Chichiguache, etc. Por cierto que en Puerto Ayacucho hay hasta un grupo de gaitas que le canta a la catara, entre otras cosas.

Como todavía no tengo un medidor de capsaicina (que por supuesto compraré digital, nunca analógico, cuando esté disponible), tengo que aproximar el picor de la catara como relativamente cercano al del picante de leche andino, con el que se adereza un chupe o mojo. Hay veces que la encuentro más picante, pero es básicamente por el contenido de acidez que tenga el alimento aderezado. Por ejemplo, si uso catara con algo que tenga tomate (como unas enchiladas) se potencia el sabor. Pero si se consume catara con carbohidratos, automáticamente sale a relucir el almidón de la yuca y el picor se vuelve aroma retronasal, mucho más atractivo al paladar. Por eso resulta indispensable la dupla catara-fritangas marabinas.

De verdad, que nunca pensé que consumiría con tal gusto los apéndices sub-himenales de un insecto del amazonas, en mi mesa. Si tienen la oportunidad de probarla, háganlo; de los efectos afrodisíacos no doy fe (no se si fueron los camarones, o lo demás), pero bien vale la pena apoyar a las comunidades del Amazonas a mantener sus raíces y su forma de vida, aparte que resulta interesantísimo para una reunión de amigos el neo-clásico venezolano que les recomiendo a continuación: una parrilla mar-y-montaña con buen ron, unas birras, arepas, yuca, guasacaca y catara para completar.

La cultura de la paz

septiembre 29, 2006

Los aromas de la niñez son la banda sonora culinaria que nos acompaña en esta película sin fin que es la vida. El chef Sumito bien lo dijo en uno de sus programas: si percibes el aroma del ají dulce, es un estofado de un venezolano.

Mi esposa y yo, por razones totalmente dispares, terminamos viviendo nuestra infancia alrededor y en la Urbanización La Paz, en Maracaibo. Este sector de la Parroquia Cecilio Acosta cuenta con una población considerable, que de alguna manera ha creado una característica amalgama de personajes, y por supuesto de sabores. Compartimos tantos gustos que a veces nos reimos de las coincidencias, pues sin saberlo estábamos muy cerca, y a la vez tan lejos —no tengo recuerdos de élla antes de aquel momento en que sus ojos grandotes y castaños me atraparon— corriendo y jugando entre calles contíguas.

La gente de La Paz le gustan los perrocalientes, hamburguesas y en general cualquier sandwich cortado por la mitad, sea cual fuere su tamaño. Dicen que no les cabe en la boca, y que así es más fácil comerlos. También viven y mueren por el plátano maduro asado con mantequilla/margarina y queso semiduro rallado. Por alguna razón absurda, prefieren consumir margarina y mantequilla en politos, así como mucho —mucho, de verdad— pollo, en todas las presentaciones que la industria avícola pueda presentar.

Al mediodía los aromas se mezclan en La Paz, pero en general se perciben siempre dos clásicos: el arroz blanco sueltecito hecho ajo, cebollín y aceite de maiz, y la carne estofada: pollo, carne de res o puerco guisados con mucho aliño: condimento infaltable en las cocinas marabinas, hecho con pasta de onoto, sal, pimienta, comino y otras especias. Si hay sopa, éstas giran alrededor de los clásicos: caraotas negras, rojas, lentejas y el frijol de pico negro entre semanas, pues los tradicionales caldos de gallina, pollo, costilla, y el mondongo se hacen los fines de semana.

Algo infaltable es la pasta. El origen de esta afición por la comida italiana revitalizada con la sazón de La Paz no es para mi muy claro, pero he visto con mis propios ojos a vecinos de comprobada ascendencia italiana prefiriendo el pasticho de la Sra. X, así como un viejito italiano vuelto loco con una macarronada. Los espaguettis con diablitos o con carne molida, tomando en cuenta que la pasta no debe estar blanca, debe estar pintadita, son otro clásico.

Mi versión de esos espaguettis es mucho más elaborada, pero igualmente es producto de la inmediatez en la vida cotidiana. Se toma un trozo de buena carne —lomo de aguja, entrecanto o pulpón de ternera— y se corta en pedacitos de aproximadamente 15mm c/u, y se sazona con mucho aliño, ajo, orégano, sal y pimienta recién molida. Luego esto se vuelca en una cazuela con unas gotas de aceite de maiz, y se cocina durante unos minutos tapada para que suelten los jugos. Al lado se hace un rápido roux con mantequilla, unas gotas de aceite de oliva, harina de trigo, queso madurado rallado y curry en polvo, que se le adiciona un poco de agua (no mucha, la suficiente para hacer una especie de bechamel muy espesa). Luego se toma una pasta ya hecha y seca (sirven fidellinis del dia anterior, que se secaron en la nevera), se cortan en trozos de unos 10cm y se añaden a la carne, junto con el roux/bechamel de queso y curry, y se comienza a batir todo esto sin disminuir el fuego con una cuchara de madera o de nylon, hasta que el roux se mezcla con los jugos de la carne y cubre la pasta glaseándola e hidratándola.

Los desayunos, así como las cenas, son situaciones distintas en La Paz. En estos casos reinan los bocadillos fritos —pastelitos, empanadas, yoyos y mandocas, así como las arepas rellenas con fiambres o enlatados. A menos que sea Navidad, nadie come jamón en el almuerzo; pero en la cena o al levantarse, el fiambre del puerco es indispensable para sentirse a gusto. El pan es un elemento infaltable en esta combinación, así como las arepas hechas en cantidades industriales por una señora que desarrolló hasta variedades gourmet del bollo de harina asado: con leche, chicharrón, natural, con queso, con picante. Así fue que surgieron en puntos claves de la urbanización, como en sectores aledaños, una panadería cada 6 cuadras en promedio. Todavía recuerdo a aquellos angoleños, que no tenían nada de negritos pero que sufrieron mucho más que Kunta Kinte, pues llegaron hiper-pobres a que los barones portugueses del pan de Maracaibo les dieran trabajo, y que mi abuela atendia como seres humanos por primera vez en su vida.

Cuando eramos adolescentes, desarrollamos la afición por las frituras de balde: son las que llevan los marchantes por las calles, en un improvisado cuñete de pintura cubierto con papel “enchumbado” del aceite en que fueron fritas, a la par del característico sonido que hacen estos personajes con la pinza que usan para servir, a una velocidad impresionante, las unidades de colesterol que más de una vez sirvieron de premio luego de una tarde de basketball en la cancha vieja de la urbanización.

Ninguna urbanización es sin sus depósitos de licores. El Jagüey, Mi Reposo, Los Viudos y Rey de Copas son nombres inolvidables de enclaves ubicados al margen de la zona, pero que eran parte del trip alcohólico típico en cada fiesta, cumpleaños, bautizos y matrimonios. Recuerdo que uno de los dueños de un local de estos era muy amigo de mi familia, y nos vendía los refrescos por cajas —gaveras— para las navidades. Es muy común ver en La Paz gente que todavía compra las bebidas por cajas, incluso el whiskey —para las ocasiones festivas.

A partir de los ochentas, con la construcción del Complejo Deportivo Niños Cantores del Zulia en la urbanización, se consolidó la industria del cepillado. Este concepto de granita con sabores naturales y/o artificiales que se conoce en el resto del país como raspado o esnobol, se acompaña tradicionalmente con la venta de cualquier chuchería salada o dulce, así como con chicha de arroz y/o maiz, turrones, horchata y la tizana de frutas. De los locales que desde hace más de 20 años están funcionando en la parte baja exterior del complejo deportivo, el único sempiterno es el de los cepillados. Por cierto: hace algunos años, hubo un chubasco tan fuerte que tumbó una de las torres de iluminación del complejo, casualmente frente a los cepillados, cayendo transversalmente en la calle y destruyó la cerca de una casa al frente, en la cual estaba una viejita vecina sola en ese instante. La señora sufrió un infarto por el hecho, y murió un par de días después sin poder ver como su casa fue finalmente reconstruida.

Debo ser honesto: ya no vivimos en La Paz, pero ahora fue que pasamos mucho tiempo en sus calles y su gente amable y sincera, con problemas propios y ajenos, cotidianos y esporádicos. Entre sus calles corrí en bicicleta, patines y cholas, comí pastelitos con las manos sucias del balón de basket, me dieron mi primer beso y me comprometí con mi esposa. Y mi tía Diossa todavía se pierde entre las calles de este sector, pues las ve todas iguales mientras que yo veo en cada tapón un recuerdo grato y reciente de mi niñez y mi adolescencia.

El Olor de un Puerco

agosto 16, 2006

Hace mucho tiempo, quizás un par de años luego de la partida de los Elfos, los maracuchos y los gochos (trato coloquial y bastante despectivo con el que se les denomina a TODOS los andinos en la región) hicieron un trato: durante las vacaciones, los maracuchos migraríamos a las montañas, y los pobladores de gochilandia bajarían hacia las playas. Hasta ahora, se ha cumplido el acuerdo.

Es por ello, y por mi agradecida herencia gocha (si, mi abuelo paterno y mi madre son de allá de los Andes, aunque no exáctamente son propiamente andinos, así que ello será tópico para otra ocasión), me encanta agarrar carretera hacia Táchira, Mérida y/o Trujillo. Ya a partir de los 2500m de altura, y en especial en Mérida y Trujillo, me siento excelentemente bien: respiro mejor, incluso me siento menos gordo y hasta cambio de humor a una mezcla de bonachón con excelente sentido del humor y servicialidad impecable… Realmente me transformo.

Una vez, hacia 1995, estaba paseando con la familia de mi novia por la ruta del Páramo del Águila en Mérida —éllos también sienten delirio por huir hacia Mérida durante las vacaciones. Manejaba un infame carrito blanco de hechura rusa, serpenteando por las curvas de Apartaderos cuando de pronto el olor del puerco frito me atrapó en el acto; miré hacia atrás y no venía ningún carro, así que frené y miré de reojo el reloj en mi muñeca: un cuarto para la una de la tarde —hora de almuerzo— entonces no lo pensé dos veces y me devolví, ante asombro de todos, y me estacioné a la vera de la carretera, al lado de una pequeña casita que decía “Restaurant El Antojo”.

El Antojo

Mientras todos se apeaban del vehículo, yo me abandoné al aroma de la pulpa de puerco frita en grasa del mismo animal, sazonado con destellos de romero y orégano, mientras en una plancha se tostaban las arepas de harina de trigo. De pronto ya estaba en la entrada de la casita de bahareque que había sido modificada para albergar dicho negocio, preguntándole a una sorprendida lugareña si allí vendían puerco frito: era su especialidad. Detrás de mi venían los demás, a los que acompañé subiendo hacia lo que debía ser el solar de la casa unos escalones por encima de la entrada, y cuyas ventanas daban hacia el valle del Chama, justo unas centenas de metros antes del cruce en Apartaderos hacia Barinas. Esa tarde conocí uno de los mejores y más autóctonos lugares de toda Venezuela en materia culinaria, y el cual he seguido frecuentando cada vez que Dios me lo permite.

Hacia 1998, volví al mismo sitio con unos primos y mi novia de entonces, que ahora es la dueña de mi corazón y mis cuentas ante Dios y la ley. Esta vez subimos en el autobus que cubre la ruta Mérida-Barinas, pues pasa por El Antojo de ida y vuelta, a precio bastante módico. Los autobuses son un gran somnífero para mi persona; no se si es el aroma del diesel, o el rítmico bamboleo de la suspensión, pero automáticamente me duermo en los primeros 5 minutos de viaje. Al bajarnos en Apartaderos, mi novia me preguntó por los guantes que había guardado en el morral que yo llevaba, junto con los pasajes de vuelta para Maracaibo, dinero en efectivo, documentos varios, y los celulares de ambos; todavía somnoliento, levanté la mirada y vi como el autobús arrancaba con el morral. Ante el asombro de todos salí corriendo detrás de aquella carrocería Blue-Bird verde, azul y plateada. Mientras más corría y gritaba, más aceleraba el autobús y mucho más crecía la desesperación por todo lo que había dejado en un asiento. Cuando ya era un hecho que el transporte no iba a detenerse, me detuve y apenas respirando viré para atrás: mis primos estupefactos, y mi novia no tenía palabras para expresar el enojo que inundaba su rostro. Entonces en paralelo detallé una grúa roja que venía subiendo, y me le atravesé para detenerla. La grúa se detuvo —a Dios gracias— y entonces con voz entrecortada les pedí el favor al par de andinos que venían en el vehículo que me llevaran a alcanzar aquél autobús que iba hacia Barinas, pues había dejado mi morral con todas las pertenencias en un asiento. Felizmente me dejaron montarme, y arrancaron de inmediato ya que también iban con el mismo destino: Santo Domingo. Fueron unos pocos minutos que gracias a la ley de relatividad fueron como horas, mientras esa grúa roja con caja sincrónica serpenteaba detrás de un autobús diesel por los páramos de Apartaderos, hasta que le alcanzamos y le cortamos el camino, obligándole a detenerse. Me despedí rápidamente de los grueros, cuyo pago fue la diversión de conocer a un gordo maracucho pasando por esa situación en medio de la nada de los frailejones, y me enfrenté con el conductor del autobús: Señor, disculpe: yo me bajé en Apartaderos, pero dejé mi bolso allá detrás… El conductor me respondió bastante molesto: Pase pués!!!. Tomé mi bolso, le di las gracias y me bajé. Al instante comprendí lo que había hecho: me bajé en medio del páramo, montaña arriba y precipicio abajo, entre una ruta zigzagueante extremadamente peligrosa y sin espacio para transeuntes, a casi 20km de Apartaderos. Entonces me ajusté el morral, subí la caperuza de la chaqueta, ajusté los cordones de mis botas y comencé a caminar. Casi media hora después pasó una camionetica via Santo Domingo – Apartaderos, que detuve y me llevó los últimos kilómetros hasta el restaurant, donde mis primos y mi novia me esperaban, sentados en una jardinera de piedra, desde la cual habían observado el comienzo de esa experiencia.

Nadie me perdonó el olvido del bolso, y entre el puerco frito, las arepas de trigo, las cachapas y los jugos, celebramos con bastante humor negro ese episodio.

Hace unos días, volvimos al Antojo con mi madre, tías y mi esposa. Recordé ese evento, así como muchos otros en los Andes. El restaurant ha sido ampliado, y tiene ahora una hostería al lado muy bonita, que me he prometido visitar a la brevedad. El menú sigue siendo básicamente el mismo: pulpa de puerco magra sin hueso, marinada en hierbas y frita en grasa animal, con bollitos de harina de maiz; arepas de harina de trigo, cachapas, queso de mano y jamón ahumado artesanal, ensalada rusa (repollo, zanahoria, cebolla y hierbas varias), jugos naturales hechos con las frutas de la estación (mora, fresa, durazno, etc. endulzados con papelón artesanal), refrescos y red-bull. Lo más chévere: aceptan todas las tarjetas de débito y crédito, en uno de los ambientes más limpios y autóctonos de los Andes.

Si, me defino carnívoro, sinestésico y maracucho descendiente de gocho. Quizás por eso El Antojo es y seguirá siendo una de mis paradas predilectas en la ruta de los Andes.

Pizzicato

julio 21, 2006

Siempre hago bromas acerca de los paseos y actividades especiales que viví en el colegio donde estudié desde segundo grado de primaria hasta que me gradué de bachiller; que si nos llevaron al Serengueti a ver como los antílopes eran cazados por una manada de leonas hambrientas, o cuando hicimos un picnic en los Campos Elíseos en Paris… En todas aquellas aventuras, siempre estaban presentes los refrigerios académicos infaltables durante los años ochenta: un miserable sandwich de diablitos triangular, y un cuartico de jugo de naranja.

La verdad es que yo disfruté de una época muy chévere en el cole. Me llevaban a eventos especiales de la Orquesta Sinfónica de Maracaibo, actos y exposiciones de Guardia Nacional, galerías de arte, museos, y hasta paseos para simplemente “pintar” a la acuarela en clases de Educación Artística y Manualidades. Ya en los últimos años, participamos en programas de concursos estudiantiles tanto en televisoras nacionales como en las regionales, así como en actos culturales importantes y jornadas para la comunidad. En todos estos eventos, me seguían persiguiendo esos pequeños canapés de pan con diablitos, jamón y/o queso, y el cuartico de jugo de naranja, que había evolucionado del diedro aquel de cartón parafinado a un envase blanquecino transparente de plástico desechable y desdeñable, con un foil de aluminio en su tope.

Una de las mejores experiencias fue cuando asistimos a una serie de conciertos educativos de la Sinfónica en el Centro Bellas Artes. El tema de aquella sesión fue los diferentes estilos y técnicas de cada grupo de instrumentos, y entre ellos me llamó mucho la atención el pizzicato, denominación clásica de la práctica que en mi familia se denominaba punteo. Mis tios músicos punteaban magistralmente, ya fuera con la guitarra o con el cuatro. No se exáctamente que pasaba con la mandolina, pues nunca les vi ejecutarla; quizás era una cuestión de feeling con la cuña, ese pequeño y absurdo accesorio que muchos usan incluso para tocar guitarras eléctricas, y que pasmosamente les causaba tanto desdén como a mi los cuarticos de jugo de naranja.

Hoy día muchos de mis tíos han muerto, y mucho ha cambiado en mi vida; las aventuras siguen siendo fantásticas, aunque ya no existen en mi imaginación, sino que son el pan de cada día. Tristemente me ha tocado descubrir que aquello de los pancitos de sandwich a la mitad caló certeramente en los que a mi alrededor continúan, pues su delirio constituye: mayonesa, ketchup, diablitos y un punto de mostaza en pan de sandwich cuadrado, cortado al bies y servido en bandeja con servilletas.

Algo que si no sobrevivió en mi vida fueron los miserables cuarticos, así sean ahora de tetra-brik; son y seguirán siendo tan breves como el pulso de un violinista cuando ejecuta una pieza en pizzicato.