El Olor de un Puerco

agosto 16, 2006

Hace mucho tiempo, quizás un par de años luego de la partida de los Elfos, los maracuchos y los gochos (trato coloquial y bastante despectivo con el que se les denomina a TODOS los andinos en la región) hicieron un trato: durante las vacaciones, los maracuchos migraríamos a las montañas, y los pobladores de gochilandia bajarían hacia las playas. Hasta ahora, se ha cumplido el acuerdo.

Es por ello, y por mi agradecida herencia gocha (si, mi abuelo paterno y mi madre son de allá de los Andes, aunque no exáctamente son propiamente andinos, así que ello será tópico para otra ocasión), me encanta agarrar carretera hacia Táchira, Mérida y/o Trujillo. Ya a partir de los 2500m de altura, y en especial en Mérida y Trujillo, me siento excelentemente bien: respiro mejor, incluso me siento menos gordo y hasta cambio de humor a una mezcla de bonachón con excelente sentido del humor y servicialidad impecable… Realmente me transformo.

Una vez, hacia 1995, estaba paseando con la familia de mi novia por la ruta del Páramo del Águila en Mérida —éllos también sienten delirio por huir hacia Mérida durante las vacaciones. Manejaba un infame carrito blanco de hechura rusa, serpenteando por las curvas de Apartaderos cuando de pronto el olor del puerco frito me atrapó en el acto; miré hacia atrás y no venía ningún carro, así que frené y miré de reojo el reloj en mi muñeca: un cuarto para la una de la tarde —hora de almuerzo— entonces no lo pensé dos veces y me devolví, ante asombro de todos, y me estacioné a la vera de la carretera, al lado de una pequeña casita que decía “Restaurant El Antojo”.

El Antojo

Mientras todos se apeaban del vehículo, yo me abandoné al aroma de la pulpa de puerco frita en grasa del mismo animal, sazonado con destellos de romero y orégano, mientras en una plancha se tostaban las arepas de harina de trigo. De pronto ya estaba en la entrada de la casita de bahareque que había sido modificada para albergar dicho negocio, preguntándole a una sorprendida lugareña si allí vendían puerco frito: era su especialidad. Detrás de mi venían los demás, a los que acompañé subiendo hacia lo que debía ser el solar de la casa unos escalones por encima de la entrada, y cuyas ventanas daban hacia el valle del Chama, justo unas centenas de metros antes del cruce en Apartaderos hacia Barinas. Esa tarde conocí uno de los mejores y más autóctonos lugares de toda Venezuela en materia culinaria, y el cual he seguido frecuentando cada vez que Dios me lo permite.

Hacia 1998, volví al mismo sitio con unos primos y mi novia de entonces, que ahora es la dueña de mi corazón y mis cuentas ante Dios y la ley. Esta vez subimos en el autobus que cubre la ruta Mérida-Barinas, pues pasa por El Antojo de ida y vuelta, a precio bastante módico. Los autobuses son un gran somnífero para mi persona; no se si es el aroma del diesel, o el rítmico bamboleo de la suspensión, pero automáticamente me duermo en los primeros 5 minutos de viaje. Al bajarnos en Apartaderos, mi novia me preguntó por los guantes que había guardado en el morral que yo llevaba, junto con los pasajes de vuelta para Maracaibo, dinero en efectivo, documentos varios, y los celulares de ambos; todavía somnoliento, levanté la mirada y vi como el autobús arrancaba con el morral. Ante el asombro de todos salí corriendo detrás de aquella carrocería Blue-Bird verde, azul y plateada. Mientras más corría y gritaba, más aceleraba el autobús y mucho más crecía la desesperación por todo lo que había dejado en un asiento. Cuando ya era un hecho que el transporte no iba a detenerse, me detuve y apenas respirando viré para atrás: mis primos estupefactos, y mi novia no tenía palabras para expresar el enojo que inundaba su rostro. Entonces en paralelo detallé una grúa roja que venía subiendo, y me le atravesé para detenerla. La grúa se detuvo —a Dios gracias— y entonces con voz entrecortada les pedí el favor al par de andinos que venían en el vehículo que me llevaran a alcanzar aquél autobús que iba hacia Barinas, pues había dejado mi morral con todas las pertenencias en un asiento. Felizmente me dejaron montarme, y arrancaron de inmediato ya que también iban con el mismo destino: Santo Domingo. Fueron unos pocos minutos que gracias a la ley de relatividad fueron como horas, mientras esa grúa roja con caja sincrónica serpenteaba detrás de un autobús diesel por los páramos de Apartaderos, hasta que le alcanzamos y le cortamos el camino, obligándole a detenerse. Me despedí rápidamente de los grueros, cuyo pago fue la diversión de conocer a un gordo maracucho pasando por esa situación en medio de la nada de los frailejones, y me enfrenté con el conductor del autobús: Señor, disculpe: yo me bajé en Apartaderos, pero dejé mi bolso allá detrás… El conductor me respondió bastante molesto: Pase pués!!!. Tomé mi bolso, le di las gracias y me bajé. Al instante comprendí lo que había hecho: me bajé en medio del páramo, montaña arriba y precipicio abajo, entre una ruta zigzagueante extremadamente peligrosa y sin espacio para transeuntes, a casi 20km de Apartaderos. Entonces me ajusté el morral, subí la caperuza de la chaqueta, ajusté los cordones de mis botas y comencé a caminar. Casi media hora después pasó una camionetica via Santo Domingo – Apartaderos, que detuve y me llevó los últimos kilómetros hasta el restaurant, donde mis primos y mi novia me esperaban, sentados en una jardinera de piedra, desde la cual habían observado el comienzo de esa experiencia.

Nadie me perdonó el olvido del bolso, y entre el puerco frito, las arepas de trigo, las cachapas y los jugos, celebramos con bastante humor negro ese episodio.

Hace unos días, volvimos al Antojo con mi madre, tías y mi esposa. Recordé ese evento, así como muchos otros en los Andes. El restaurant ha sido ampliado, y tiene ahora una hostería al lado muy bonita, que me he prometido visitar a la brevedad. El menú sigue siendo básicamente el mismo: pulpa de puerco magra sin hueso, marinada en hierbas y frita en grasa animal, con bollitos de harina de maiz; arepas de harina de trigo, cachapas, queso de mano y jamón ahumado artesanal, ensalada rusa (repollo, zanahoria, cebolla y hierbas varias), jugos naturales hechos con las frutas de la estación (mora, fresa, durazno, etc. endulzados con papelón artesanal), refrescos y red-bull. Lo más chévere: aceptan todas las tarjetas de débito y crédito, en uno de los ambientes más limpios y autóctonos de los Andes.

Si, me defino carnívoro, sinestésico y maracucho descendiente de gocho. Quizás por eso El Antojo es y seguirá siendo una de mis paradas predilectas en la ruta de los Andes.

La Mágica Amistad

febrero 26, 2006

Soy aficionado desde siempre a la animación japonesa, o anime como se le conoce al género derivado del manga. Esta devoción comenzó cuando en mi niñez me divertía con las aventuras de personajes como Fantasmagórico, El Hombre Par, Marino & la patrulla oceánica, El Capitán Centella y por supuesto Meteoro. Recientemente, obras como Metrópolis, Cowboy Bebop, GITS y Shihiro por nombrar algunas, me divierten de tanto en cuanto en los momentos de ocio, gracias a muchos amigos que persisten en la afición por este género cargado de magia, inocencia y rudeza.

Hace unos meses, mi primo el Emperador nos llevó a mi esposa y a mi a un pequeño restaurant de comida china e internacional, como comúnmente se conocen estos comederos tradicionales en Maracaibo. El sitio se llama Restaurant Amistad, y está ubicado en la calle 8 Sta. Rita, con la calle 79 Dr. Quintero, diagonal a la Iglesia La Consolación. Pero, ¿cómo es que el Emperador puede recomendar un sitio así? es que tiene un ámplio menú de platos ready-to-eat a precio solidario: unos 6500 bolívares, apenas US$2.50 aproximadamente, aparte de todas las variaciones habidas y por haber de arroz frito, chop-suey, tallarines y lumpias.

Ustedes dirán: comida china, anime, manga… Pues bien, el hecho es que cuando uno entra al Restaurant Amistad, uno se siente en un sitio mágico, así como el restaurant de la casa de baños donde fue a parar Shihiro. Y es que los platos son servidos en 3 minutos o menos, sea cual fuere, y no importa si es para llevar. Además, cuentan con una gran cantidad de empleados muy jóvenes (entre 16 y 22 años) obviamente chinos de provincia, que entienden muy bien el maracucho pero todo lo hablan en chino, siendo extremadamente diligentes y atentos. De nuevo: todos los platillos son servidos en un tiempo máximo de 3 minutos, o lo que es lo mismo en los siguientes 180 segundos luego de tomar el pedido, humeantes y vistosos. Por supuesto, cuando el Emperador, mi esposa y yo nos dimos cuenta de esto, comenzamos a contar cuanto tiempo se tardaban en servir a los demás comensales que llegaban luego que nosotros, y comprobamos que en promedio el tiempo se mantiene por debajo de esos tres minutos, pero ya era mucha la vagancia y el regodeo con los refrescos, así que nos fuimos.
Las demás veces que he vuelto al Restaurant Amistad, he podido comprobar que mantienen su calidad. Es excelente para esos mediodías donde te falta tiempo y compras comida para llevar, pues en unos 4 minutos entras y sales con todo listo: 30 segundos para entrar y ordenar, 3 minutos para servir y 30 segundos más para pagar, que te den el vuelto y la huida.

Respecto a la calidad de la comida, debo ser honesto: el arroz frito es de calidad promedio, no tan bueno como en otros establecimientos de este tipo. En cambio, los vegetales siempre están al dente, como a mi me gustan. Un punto a favor es que le dan a las carnes un toque bastante provenzal chino: usan anís para el marinado; lo noté la primera vez que fui cuando pedí un lomito de cerdo agridulce, que estaba espectacularmente bien cocido y seducía tanto por su aroma como con su presentación: unos colores bermellón en una salsa agridulce entre naranja y fucsia, con verduras al dente extremadamente verdes que saltaban del plato directo a mi corteza visual y olfativa. Al momento de probarlo, percibí retronasalmente el anís incrustado en la marinada del cerdo, para luego darme cuenta que esta especie estaba presente tanto en forma de licor como en grano, a través de la receta. En otras visitas, he percibido la misma sazón cantonesa (pimienta, anís, y otras especies) en el pollo que sirven, tanto empanado como cocido y fileteado.

Volviendo al aspecto mágico del local, una vez traté de mirar hacia dentro de la cocina, cuya puerta de acceso mantienen cerrada al extremo que resulta inquietante; entonces en un descuido pude observar el gran movimiento que mantienen en ella, y una señora muy oriental, de cabellos negros recogidos con un delantal, que vociferaba algo en chino (no se si era mandarín, cantonés, guajiro o coriano) mientras un ejército de empleados estaba cocinando de un lado a otro. Entonces me acordé de la bruja de Shihiro, la dueña de la casa de baños, y no había comenzado a sonreirme cuando me entregaron mi pedido. Pagué y me dirigí a la salida, pero antes me detuve cerca de una deidad que tienen al lado de la entrada en el piso, con un jarroncito lleno de palitos de incienso. La reverencié y me fuí, esperando que la magia siga trayéndo la buena amistad de unos chinos que atienden más rápido que McDonald’s en cualquier parte del mundo, de la misma manera que Shihiro logró salvar a sus padres de convertirse en cerdo asado.

Mi familia siempre ha sido aficionada a comer pescado, en especial frito. Y siempre ha sido un pequeño escape a la cotidianidad disfrutar estos platillos en la comodidad de los pequeños restaurantes ubicados en la zona de Cabeza e’ Toro, cerca del Destacamento del CORE3 en el extremo norte del municipio Maracaibo.

Claro está, desde la apertura del Sambil regional este paseo se ha “acortado” en  la visual rural, pero a Dios gracias el sabor, la calidad, los precios y el ambiente se ha mantenido en estos locales. Ojo: jejenes y aromas “característicos” están incluidos. Cabe decir que todos los productos son más o menos frescos, producto de la pesca local. Lisas, bocachicos, corvinas, camarones, y demás especies del estuario son servidas fritas en manteca y/o aceite vegetal, acompañadas de una buena fría y del “big brother sun”. Los precios comienzan a partir de Bs. 4500 aproximadamente.
Lisa fritaPatacones

Hoy disfruté de lo clásico: un servicio con dos pequeñas lisas fritas, con yuca, patacones y crema. Debo decir que el sabor era el de siempre: inigualable. Podía comerme 10 servicios… Se sentía la cálida sensación del pescado perfectamente cocido en aceite hirviendo, jugoso y suave al paladar bajo una costra seca y salada que solo acompañé con un pequeño chorro de limón recién exprimido. Los contornos tenían la misma textura, y pasados por nata apenas con un toque de sal completaron la experiencia.
Excelente rato, 20 minutos de ida y otros 20 de vuelta, con Nescafé incluido al retorno. Fue un buen almuerzo.