Curado al fuego.

diciembre 13, 2007

Hay tantas cosas que decir acerca del fuego y la comida. Que si es perjudicial o resulta sanitario, que crudo es beneficioso para el organismo o que cocido sabe mejor… En fin, el fuego y las artes culinarias van de la mano, en mayor o menor grado.

Hasta el más recio macrobiótico entiende que de vez en cuando cocinar unos frijoles vale la pena. Y para cocinar es necesario tomar alimentos y aplicarles un proceso de aderezado y/o curado, para resaltar y/o crear propiedades organolépticas que resulten agradables al comensal. En la sección del curado es que se incluye el uso del fuego, pues la exposición de los alimentos al calor y/o a las llamas, permite un curado selectivo de acuerdo al producto deseado. De ahí que se generalice la relación entre el verbo cocinar y el fuego.

Desde la simple brasa de leña seca, que impregna de aquellos suculentos carburos policíclicos aromáticos y cancerígenos a los alimentos —en especial los ahumados con procesos naturales— hasta las modernas placas de vitrocerámica y los hornos de microondas, lo interesante y fantástico del proceso creativo culinario es saber la forma y manera más efectiva de suministrar el calor requerido para transformar aquel insignificante trozo de lo_que_sea en un suculento manjar de dioses, impregnado de aromas, colores, texturas y gradientes de intensidades y sabores que deleitan hasta al poseedor del alma más infeliz. Antes uno se conformaba con que estuviera bien cocido, termino medio o casi crudo; ahora hay tantas opciones, técnicas, instrumentos y productos que resulta imposible entender con franqueza como se le quema el arroz a mi mamá, 8 de cada 10 veces que lo prepara.

Gracias a la internet podemos conocer técnicas y equipos nunca antes vistos para manejar la cocción de los alimentos. Solo hay que pasar por MercadoLibre.com, Ebay o cualquier sitio web para encontrar mil y un utensilios, modelos de cocinas, sartenes, ollas, termómetros (lo último son los infrarojos con puntero láser), y miles de técnicas y recetas para cocinar de tal o cual manera una miserable pata de pollo. De esta manera el manejo del calor, y en general del fuego, se ha convertido en una suerte de supuesta constante de total control para todos los que de alguna manera entran o salen de una cocina; cualquiera flamea, decora con caramelo, gratina e incluso compra y usa sin cuidado un pequeño soplete para darle un acabado perfecto a la crème brûlée.

De hecho, la única persona que conozco y que se sigue quemando los antebrazos con bordes de ollas, parrillas de hornos, y que no tiene vellos en las manos es mi mamá. Para todos los usos hay guantes, trapitos, agarraderas, y cobertores de materiales no ignífugos, que evitan la propagación indeseada del fuego más allá de sus espacios utilitarios, como en aquel anime en el cual una chispa de estrella fugaz fue capturada por un mago, y había sido engañada aprovechando el atolondramiento causado por su captura, para que trabajara como el fuego que mantenía funcionando las calderas de la casa ambulante del hechicero. ¡Qué intensa era la relación entre el nigromante y aquella chispa, trastornada en fuego de caldera! La existencia de cada uno se justificaba por la permanencia y perseverancia del otro y viceversa.

Hace como tres semanas recuerdo que mi abuelo se apareció con varias piñas, y me dieron una que estaba muy dulce y madura. Al otro día, cuando salí en la tarde recordé la piña y compré un medio litro de helado de mantecado. Al poco rato de haber vuelto a casa, llegaron mis primos y junto a mis sobrinos y mi esposa ya sumábamos siete, así que decidí jugar un rato con fuego: corté la piña en rodajas y luego en cuñas, que flameadas con ron añejo Real Carúpano Black y envueltas en caramelo de azúcar morena, serví con el helado en unas prácticas tazas de cerámica.

Mi sobrina me pidió esa noche que flameara las piñas de manera circense. Como es usual, seguí mis instintos y resultó todo excelente. Fue una velada especial, de esas en las cuales de pronto la gente queda en silencio, disfrutando una tontería que salió de mezclar cosas sencillas, cotidianas, y que a veces se pasan días en la nevera.

Hoy me consume otra cosa diferente al fuego. Es el perenne recuerdo que tendré de los años que viví en esa casa junto a mi esposa, un pequeño loft a dos niveles que mi tío me brindó hace poco más de un lustro para que lo viviera y mantuviera, y que hace 13 días fue destruido por un incendio a causa de un corto circuito interno en una pared. Cables defectuosos, una grieta por la que se coló humedad y pequeñas hormigas, fueron suficientes para que en menos de una hora el 70% de mi hogar se redujera a cenizas.

Ahora me toca construir la cocina de mis sueños en una nueva casa, junto a mi esposa. Es prudente reconocer que no hubo ni víctimas ni heridos durante este incidente. Solo se perdieron cosas, aunque muy costosas, pero al final son eso: objetos. Hasta mis perritos fueron salvados al mejor estilo de una serie de tv americana de los ’50, por un bombero que cruzó las llamas para sacarlos envueltos con el cobertor de mi cama. Y el mayor milagro fue que todos habíamos salido juntos, unos minutos antes que comenzara el incendio, que inexplicablemente comenzó por una conexión donde no había ningún aparato encendido.

Si no lo sabían, sépanlo: soy muy católico, aunque usualmente bastante escatológico. Por eso creo que Dios nos ungió con fuego. Hoy estoy ya reinstalado en casa de mi mamá, junto a mi esposa y mis dos cachorros poodle, y tengo excelentes perspectivas para el año que viene. Los próximos textos que postearé serán acerca de las terribles situaciones que vendrán en estos días cocinando junto a mis familiares, y espero que el 2008 traiga dicha y prosperidad para todos.

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A mediados del 2005 ocurrió que el Ángel de la Muerte decidió solventar ciertos asuntos inconclusos con mi familia. De pronto, en menos de 60 días, todos los viejos —apelativo con el cual se les trata cariñosamente a los ancianos padres, madres y tíos en mi familia— que quedaban fueron llamados a las puertas del cielo. De tal manera que luego de 7 velorios y entierros, nos dimos cuenta que ya no quedaban más familiares cercanos consanguíneos de la vieja guardia, de los nacidos antes de la 2da. Guerra Mundial, y que los que quedaban eran básicamente los baby-boomers y sus descendientes. Esta sensación inundó a todos en el Clan Molero con un cierto sentimiento de añoranza por los eventos pasados, y una suerte de sed por conocer la verdadera historia detrás del Secreto de la Bolita Roja, entre otras anécdotas que perviven como sobremesa en todas las casas de mi familia.

Meses después durante mayo de 2006, por casualidad coincidimos muchos de los Molero en casa de Tía Diossa, y de pronto surgió la idea de un reencuentro que se realizó en septiembre del mismo año; una reunión familiar que sirviera para conocer a los nuevos y más pequeños, a las esposas y esposos que sabemos que existen pero que no podríamos reconocer así nos encierren en una misma taguara durante una redada. Dimes y diretes fueron, así como ciertas apreciaciones económicas que resultaron más un disgusto que familiaridad, y al final aparte de la obvia diversión pautada para la encuentro —hablo de cerveza, risas, comentarios y mucho aroma a adn y cultura casera compartida— unos primos se encargarían de hacer un video con entrevistas de algunos personajes, entre ellos su servidor (soy el segundo primo mayor, hijo de la segunda hija mayor, y siempre me mantuve viviendo en la ciudad, dentro del seno del clan familiar), y yo me encargaría de hacer un slideshow con fotos que toda la familia recogió. Oh, que sorpresa cuando ese tesoro llegó a mis manos y tuve el privilegio de digitalizarlo para las generaciones futuras.

Imágenes que mostraban a mis tatarabuelos en las primeras décadas del Siglo XX, ya ancianos y enjutos, con la delicada sonrisa que nuestra Bisabuela Conchita donó a ciertas beldades en la familia… Fotografías de mi abuela con una estampa bellísima e intrigante, y una tía que nunca conocí pero que sigue viva en el recuerdo de todos, incluso de los más pequeños… Ver que el Pregonero Mayor le tenía respeto y admiración a las voz y barriga del Tío Fabio y a la magistral guitarra del Tío Toncho… Fue tal la emoción que me embargaba, pues además accedí a una de las pocas copias en compact cassette que hay de las grabaciones hechas totalmente unplugged y en reel de los ensayos de estos personajes, que no lo pensé dos veces y en poco menos de una semana organicé todo el material y pasé las 60 horas anteriores a la reunión ensamblando un par de videos (fueron dos porque no tenía espacio en disco duro para renderizarlo todo y supuse que por el contenido emocional, era mejor pasarlos uno primero y otro después). Monté entonces la tramoya de software correspondiente, y comencé a trabajar simplemente inspirado por el feeling que las imágenes me daban; el primer video iba desde principios de 1900 hasta 1957, con las últimas fotos de todos los hermanos Molero Espinoza juntos, y el segundo video comenzaba con las fotos de los nacidos en 1958, los cuales supe después estaban in uterus en las fotos finales del anterior capítulo.

Estos videos salvaron la velada, pues mis primos nunca llegaron con las entrevistas, aunque las prometieron una y otra y otra vez para algún día. Creo que tuvieron problemas con los cartuchos miniDV, o fue con la captura, o con la Mac recién comprada, o con la edición, o el render, o el quemado, o con todas las anteriores. Yo hice mis videos con Canopus Edius, Imaginate y ProCoder  (de Playita’s Store) en una Pentium 4 reencauchada que todavía uso para escribir estas líneas, bajo un Windows XP que no parece de Microsoft, y un scanner HP que obtuve mediante un canje. Lo quemé en CD porque era lo que tenía a mano, y de paso el pantalón de vestir que me puse en el evento se descosió en el peor momento de la reunión, al terminar los videos y comenzar la sesión de comentarios al respecto. Total, le tengo que dar gracias a toda mi familia por todos los recuerdos propios y ajenos que me permitieron asegurar en ese par de videos de 20 minutos cada uno, y que guardan una parte de la memoria visual familiar: lo que somos como gente, entre nosotros, y para los demás.

Exactamente un año después, un personaje cercano me sorprende con algo que nunca hubiera esperado. Carlanga estudió conmigo en el Colegio Cagigal, y mientras estaba en 5to. año de humanidades retozando con la idea de ser cineasta, yo me divertía con sus comentarios y conversas durante los ratos libres, pues estaba en 1er. año de bachillerato en el salón de al lado, en la misma ala de la institución. De ahí surgieron una serie de encuentros fortuitos que han hilvanado sus andanzas con las mías: vivía a unas cuadras de mi casa en La Paz, su hermana fue novia de Emma, y sus padres son amigos entrañables de mi madre.
Es así que Carlanga fue y vino de Cuba cuando era una isla y no un itsmo como ahora, y se graduó de cineasta en La Habana. En el devenir de los eventos acaba de terminar un documental que resulta siendo la tapa del frasco: Maracaibo con vista al Lago, producido en el marco de la serie de docus que tiene CINESA-CineArchivo y con el apoyo del BOD, es una recopilación visual de los conceptos y razones por las cuales el marabino se autodefine maracucho, y afianza el voseo cuando está más allá de los linderos del estado Zulia. Realizado con una estética exquisita y a la vez austera en ostentaciones más no en calidad e información, los radiantes colores de la ciudad más bella que existe en el continente (pues tiene Lago, China y Puente, Gaita, Hospitalidad, y el Calor de la Gente de más alta Calidad) son capturados por Carlos y su fig-rig, además de los documentos visuales que CINESA y muchas familias, empresas, diarios y pare de contar prestaron para que confeccionara 52 minutos de maravillas. Con la locución del gato, es un DVD de lujo que ningún maracucho y obviamente nadie con sangre zuliana puede dejar de tener.

Gracias a la Sra. D y el Sr. V, padres de Carlanga, pude ver en exclusiva este video. Espero adquirirlo a la brevedad, para colocarlo al lado de los otros discos que contienen el digital de los reels de audio, los scans de las fotos, los crudos y los render de los videos que hice, en la biblioteca de mi sala, junto con la foto de mi abuela y sus hermanos el tigre y estela marina. De verdad que es un lujo tomarse un café, de vista al Lago que vio nacer a mi familia hace siete generaciones por lo menos, la ciudad donde vivo y sigo comiendo, por ahora.

¡Suministro, que hay sequía!

septiembre 20, 2007

Como echo de menos una cervecita negra… Ojalá que llegue este llamado a las 3 grandes del lúpulo, y se acuerden que existimos personas que no estamos 100% satisfechos con las “ligeritas” de moda.

Vía Brief Blog .

Uno de mis vicios es comer en la calle. Lo llamo vicio porque es una afición que no controlo, y que me ha traído más tristezas que alegrías; de tal forma cumple con las mismas básicas de otros vicios, como el fumar, tomar en exceso, o los juegos de envite y azar. Aunque no tome en exceso, aborrezca el cigarrillo (en especial en una hermosa mujer) y no me entra en la cabeza como la gente le deja a la suerte de un caballo el destino de su familia, comprendo que los vicios son así, formas de adicción no tan nocivas en el instante como la cocaína, pero que a la larga cumplen una función antónima a las virtudes.

A menos que sea un sitio especialista en algo específico (por ejemplo, Subway) siempre que como en la calle mi primera opción es una hamburguesa. De origen alemán, la hamburguesa (un trozo de carne entre dos panes) se remonta a los tiempos de los egipcios, y aquí pueden leer más al respecto. Lo cierto es que en esta ciudad amada por el sol, las moscas y otros individuos, el concepto de hamburguesa es reinventado cada 50 metros en cada puesto de comida rápida. Engendros con chuleta de cerdo ahumada, pernil, pollo, chorizo, carne asada, salchicha, huevo frito, y todas con el toque individual de cada perrero que desarrolla su mezcla secreta de salsa tártara, siempre a base de mayonesa y hierbas. Por ende, he probado infinidad de combinaciones, todas basadas en el concepto del bollo de pan redondo cortado a la mitad con una pieza de carne picada dentro, hecha a la brasa o en una plancha, con o sin queso.

Comencé hablando de los vicios porque a partir del momento en que vi el documental Super Size Me, y luego de ver este video, decidí comenzar a pensar en el vicio de la comida en la calle, y más que todo en las hamburguesas. En general, existe de 10 a 15 mejores opciones que cualquier cadena de hamburguesas disponible para comerse una en esta ciudad, a menos de 1Km a la redonda de cada restaurant Wendy’s, McDonald’s o Burguer King. Aquí no existe la cadena La Nota, una gentecita que le compró las instalaciones a los Wendy’s en los Andes y Barinas, así que el punto de referencia son las 3 gringas, y por supuesto las hamburguesas de Mi Vaquita, un plato que solo se prepara a pedido del cliente pero que conserva el mejor estilo gringo de las hamburguesas de los años ’50, rodeada de papas fritas y flanqueada por una coca-cola. En fin, hay suficientes opciones para decir que Maracaibo es una ciudad de hamburguesas, aparte de los patacones y otras comidas “típicas”; también es una ciudad donde abundan los problemas cardíacos y de hipertensión entre los jóvenes, la diabetes tipo 2 y la obesidad, en especial la mórbida.

Total, a partir de haber visto lo que hace realmente una dieta rica_en_hamburguesas sea cual fuere su fuente, decidí cambiar de actitud y mejorar los hábitos. Compré más seguido aceite de oliva, cúrcuma, y especias. Volví a cocinar más en la casa, y aprovechando que Mamalán está pasando más tiempo en la casa compartimos almuerzos mucho más sanos que una hamburguesita aquí y allá.

Pero el tiro de gracia lo recibí ayer… Como estaba cansado del bronceado de monitor, salí con mi esposa y los sobrinos a comernos alguito al atardecer. En el sitio donde llegamos, el atento dependiente se confundió y en vez de prepararnos una hamburguesa más que decente, nos preparó unos monstruos de doble carne, al mejor estilo big-mac doble con queso, pero con el añadido de pollo mechado, pernil, tocineta, jamón, queso amarillo y blanco, verduras y muchas cosas más. Cada hamburguesa pesaba unos 600gr, y estaban recién hechas a la brasa. Todo iba muy bien, hasta que le pedí al dependiente mostaza, que fue facilitada en un tetero el cual obviamente no usaban mucho, pues este preparado no es muy solicitado por los comensales en Maracaibo. Me comí la mitad de mi plato, y pedí el resto para llevar, al igual que mi esposa. Mis sobrinos si se comieron todo: la niña un perrocaliente, y el niño el monstruo de 600gr, doble carne y guisos varios.

Lamentablemente, la mostaza estaba dañada y no lo noté gracias al contenido de vinagre de la misma. Hoy día, con unos kilos menos y ya rehidratado, escribo este post y les recuerdo que la salud está primero que todo, incluso primero que los vicios.

Quiero terminar este post con el top-five de las hamburguesas de Maracaibo, en el cual se excluye la reina de todas (la de Mi Vaquita) por ser off-league debido a su estilo clásico y extrema calidad. Aquí van entonces, las mejores cinco hamburguesas que he probado en Maracaibo.

Quinto lugar: las hamburguesitas perreras de Indio Mara. Sencillas, económicas y deliciosas.
Cuarto lugar: las hamburguesas de la esquina de la 72 con Delicias. Pídanlas sin papitas, con repollo y lechuga, y un extra de salsa.
Tercer lugar: las hamburguesas de El Cuñao, en la 72 con la Av. Guajira.
Segundo lugar: las hamburguesas de The Twins, frente al Instituto Niños Cantores en La Paz. Divertido ver como dos gemelos hacen hamburguesas al revés uno del otro.
Primer lugar: las hamburguesas Guerrera y Texana de cualquier Chops, en especial el de la 9B y el de la 72. Pídanlas con pepinillos, aunque a veces no tienen.

Nuevo ranking hamburguesero 2009 (08/10/2009):

5) Chops (ay Catira de Chops, vuelve a ser lo que alguna vez fuiste, please!!).
4) Carrito Metrópolis de Indio Mara.
3) Mi Ternerita / Mi Vaquita. Carne Premium, costosa.
2) The Twins, en La Paz al lado del INCZ.
1) David’s Food, en Sierra Maestra. Av. 15 con C2, al lado de la Panadería La Reina.

Diabluras

mayo 17, 2007

El adjetivo endiablado tiene en la cocina una interesante connotación, pues cualquier cosa muy condimentada se puede llamar de esta manera. En general, aquí en Venezuela es sinónimo de un producto específico, que ha marcado la denominación genérica de los jamones enlatados endiablados: Diablitos Underwood.

La marca Diablitos Underwood solamente sobrevive en Estados Unidos y Venezuela, pero el jamón endiablado como tal es un producto ampliamente conocido alrededor del mundo. El Diablito como es llamado popularmente, llegó al país hace más de 100 años, y desde 1961 se produce en una planta en Cagua. No se como era hace un siglo, pero desde que tengo uso de razón hay dos presentaciones: lata pequeña (dosis unipersonal) y lata grande (para compartir), envueltas en un papel blanco que servía tanto de etiqueta como de envoltorio. Debo reconocer que siempre me llamó la atención el aire nostálgico del producto, con su envoltorio plegado arriba y abajo en abanico, y la simplicidad de la tipografía en negro que apenas resulta separada por la imagen del cómico diablillo en rojo, todo en un papel satinado blanco. Realmente, siempre ha sido un empaque ganador, bien arraigado en el top-of-mind del consumidor venezolano.

Fue gracias al diablito que aprendí muy pequeño a usar un abrelatas. Siempre fue un martirio abrir esas latas, pues eran extremadamente fuertes y durables, a diferencia de otras. Las latas de diablito prácticamente no se abollaban, debido a las dimensiones que poseían y al material con el cual estaban hechas, aparte del excelente soporte que le daba el plegado del envoltorio por encima y por debajo. De esta manera siempre resultaba confiable comprar diablitos para una excursión, una acampada en la playa, o simplemente para una ocasión especial en la cual la estabilidad del empaque del alimento resulte indispensable.

Con el tiempo las latas de diablitos fueron evolucionando, y abandonaron el viejo empaque que siempre les caracterizó. Hoy día mi esposa compró la última generación de diablito: un empaque de aluminio preformado, de un material similar al de la cajita del sabor del jamón endiablado plumrose que se lanzó en 2005, y que le ha restado mucho mercado al Diablitos Underwood por la practicidad de su empaque. Claro está, la presentación del diablito es a mi parecer, mucho mejor: conservando su imagen redonda (apelativo infalible de su marca y su empaque por más de 100 años), es un preformado de aluminio abrefácil con una hermosa y minimalista diagramación, de nuevo en letras negras sobre fondo blanco y con el diablito en rojo. Realmente, todo un suceso.

Con el diablito el venezolano ha aprendido a hacer de todo. Desde salsa para pastas, pastichos (el que no haya comido alguna vez una lasagna de diablitos que tire la primera piedra), untado en arepas (las recien casadas en este país no pueden carecer de un Tosty-arepas y diablitos en su despensa, así como las madres con niños pequeños) o pan, o como ingrediente tanto en dips, salsas, y otros platos. Aunque suene asqueroso, hay un preparado que mucha gente de mi generación ha realizado y probado espontáneamente, y que resultó en una de las combinaciones más exitosas: la póstula, o lo que es igual a diablito mezclado con margarina y queso rallado a partes iguales, untado en pan o arepa. El nombre de esta singular mezcla corresponde a Emma y a Ché, y a los experimentos alimenticios que realizamos durante nuestra infancia.

Aunque no quiero terminar este post sin aclarar que actualmente para mi el término endiablado significa muchos más que diablito, me siento en la obligación de darle a esta mezcla salada de pernil y espalda de cerdo, sal, azúcar, condimentos, nitratos y especias el lugar que se merece como uno de los pilares de la alimentación del venezolano, y por supuesto, de cualquier marabino. Después les contaré de las alitas de pollo endiabladas, de las costillitas endiabladas, de las albóndigas endiabladas, etc.

Los culos de Doña Flora

febrero 3, 2007

Si han revisado este blog, sabrán que me gusta el picante; de hecho me confieso adicto a esta preparación, aderezo o ingrediente, como prefieran llamarle. Y no soy el único en mi familia, pues mi papá, algunos hermanos y tíos adoran este adjetivo del paladar, en todas sus presentaciones. Ya sea en caramelos de jengibre, asado, ahumado, destilado, guisado, encurtido, o preparado en salsas, el ají picante siempre será bienvenido en mi mesa.

Hace años mi tío Fico en una de sus andanzas por el Amazonas, llegó a Puerto Ayacucho y observó como la gente compartía en los puestos de comida un extraño preparado de aspecto miserablemente marrón. Todos, en absoluto, aderezaban empanadas y arepas con este absurdo condimento, y preguntó si era alguna clase de salsa o preparado local. “Eso es catara. Pruebe, que es buena pa’ los hombres, y pa’ las mujeres también!!”. La catara viene a ser una clase de aderezo picante hecho básicamente con cinco ingredientes: ajíes guindillas picantes (que por aquí se conocen vulgarmente como pinguita de perro), el jugo de la yuca (subproducto de la confección del casabe), sal, otras especias (hierbas en general) y bachacos —específicamente el culo del bachaco, aunque no dudo que se cuelen patas, cabezas y otras partes del exoesqueleto de estos bichos. Todo esto va a dar a una licuadora y listo: ya tienes catara.

Ojo: bachacos en Venezuela se denominas las hormigas grandotas que viven en colonias gigantescas en la selva. Es decir: una hormiga es pequeña; un bachaco es una hormiga grande.

Por supuesto que el tío Fico no podía dejar de probar esta delicia, que conserva las características propias de un picante prácticamente silvestre junto con propiedades supuestamente afrodisíacas de altura. Y le gustó tanto, que a su regreso de Puerto Ayacucho llegó con unas varias botellas de catara, como regalo para sus parientes más cercanos, incluyéndome.

La industria de la catara es una cuestión básicamente familiar en Puerto Ayacucho, pues incluye el cultivo y/o la recolección de los insumos antes mencionados, incluyendo los bachacos. Por eso cada marca de catara identifica al colectivo, en general la empresa familiar que guarda celosamente las proporciones de jugo de yuca, sal, especias, picante y culos que lleva su catara. Por eso es diferente la Doña Flora (mi preferida, por cierto) de El Maguarí, de la Chichiguache, etc. Por cierto que en Puerto Ayacucho hay hasta un grupo de gaitas que le canta a la catara, entre otras cosas.

Como todavía no tengo un medidor de capsaicina (que por supuesto compraré digital, nunca analógico, cuando esté disponible), tengo que aproximar el picor de la catara como relativamente cercano al del picante de leche andino, con el que se adereza un chupe o mojo. Hay veces que la encuentro más picante, pero es básicamente por el contenido de acidez que tenga el alimento aderezado. Por ejemplo, si uso catara con algo que tenga tomate (como unas enchiladas) se potencia el sabor. Pero si se consume catara con carbohidratos, automáticamente sale a relucir el almidón de la yuca y el picor se vuelve aroma retronasal, mucho más atractivo al paladar. Por eso resulta indispensable la dupla catara-fritangas marabinas.

De verdad, que nunca pensé que consumiría con tal gusto los apéndices sub-himenales de un insecto del amazonas, en mi mesa. Si tienen la oportunidad de probarla, háganlo; de los efectos afrodisíacos no doy fe (no se si fueron los camarones, o lo demás), pero bien vale la pena apoyar a las comunidades del Amazonas a mantener sus raíces y su forma de vida, aparte que resulta interesantísimo para una reunión de amigos el neo-clásico venezolano que les recomiendo a continuación: una parrilla mar-y-montaña con buen ron, unas birras, arepas, yuca, guasacaca y catara para completar.

Que terrible…

enero 22, 2007

Que el primer post del año sea sobre el concurso del iPod Shuffle que tienen Soporte-Wordpress.org y RumoresHarryPotter7.com, pero que se hace…

Tengo el celular full de fotos e ideas a cada rato sobre cosas y hechos para postear, pero ni el tiempo ni la vida me han dado respiro en 21 días que lleva este año.

Bueh, mañana es otro día. Igualito, así tenga ya MP3, pendrive, y otros gadgets, quiero mi iPod Shuffle.