Entre el miércoles de ceniza y la semana santa está la cuaresma, tiempo litúrgico que marca la preparación para el memorial anual de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Para los cristianos es tiempo de ayuno, oración y recogimiento; prácticamente un periodo de contemplación y reverencia ante el advenimiento de la realidad humana de Dios que se hizo hombre. Por eso en Maracaibo, la cuaresma y la Semana Santa siempre son motivo para disfrutar una meriendita o aperitivo dulce, en especial durante los frescos atardeceres que han abrazado la ciudad en estos días.

El primer punto del dolce via crucis es Cream Helado, en la 70 con 22. Son los típicos helados de crema de mantecado de máquina con un sinfín de toppings y dulces manjares, que van desde los tropicales mango, cambur y melón hasta las fresas y crema de café, incluyendo el pastelado que hacía delirar a mi abuela.

La segunda estación sigue en la misma avenida 22 en 4D, la heladería fashion donde es obligatorio ver y dejarse ver, en especial si se posee garbo y destreza comiendo un helado de oreo mollejúo.

La tercera estación es la sección de postres de la Panadería “Ciudad de Milán” diagonal a la Plaza Reina Guillermina (si, Maracaibo tiene una plaza en honor a tan ilustre gobernante) donde siempre encuentras el enrrollado fresco (caracolito para los que no tienen ciudadanía de la República Independiente del Zulia). La cuarta estación está cerca de ahí en “Tortas Caseras” en la calle 79 bajando a una cuadra de la Plaza de la Madre, donde venden la mejor solución para problemas de pareja: un volcán de profiteroles bañados en chocolate.

La quinta estación es un poco menos glamorosa, pero igual de empalagosa: Nobis Donas, la panadería que surte de donas y bombas (donas sin huequito, rellenas de crema) al mayor y al detal, en la esquina de la Av. Guajira con Cecilio Acosta, frente al Rectorado nuevo de LUZ. La sexta, séptima y octava estación son valuartes de la cotidianidad y gentilicio marabino: los cepillados (raspados o esnobol) de diferentes sabores y colores que adornas las sonrisas al calor de la media tarde. Los sitios claves en este caso son El Cangurito (reconocido por la Gobernación del Estado, cerca de las Empanadas de Loco Lindo), San Francisco El Bajo (frente a la Basílica Menor) y los que quedan por el Hospital de Niños, cerca de los cucaracheros, que llevan casi 80 años brindando frescura y sabor a los paladares marabinos.

Los establecimientos de cepillados durante los años 40 y 50 mutaron hacia diversificaciones que incluían batidos, granizados, helados y más. De ahí que la novena y décima estación sean D’Antonio en las Av. 72 con la 8, y Antonio en Delicias al lado del IPPLUZ. En este último sitio es imprescindible disfrutar de un toddy frappé o de un inmenso batido de níspero.

La doceava estación es un icono de la modernidad en la ciudad: la Panadería Bella Vista con su logo modernista en amarillo y negro en 5 de julio con la Av. 4 Bella Vista, donde una puerta automática se abre para brindar casi 50 metros lineales de neveras con delicias listas para degustar. La décimo tercera estación, ya cerca del gólgota insulino es Dolcissimo, en la 71 con 3Y; lo difícil es estacionarse, pero si lo logras no te arrepentirás.

Y por último las estaciones catorce y quince, con los mayoristas de las tortas de cumpleaños para toda ocasión: los “Dulces de Alicia” en el sector Grano de Oro, y “El Zaguán de las Tortas” en la Urb. El Rosal, cerca de la Clínica La Sagrada Familia entrando por El Catire. En estos sitios se pueden adquirir deliciosas y suculentas tortas al mejor estilo casero, con una gran variedad de sabores, tamaños y porciones.

Luego de este post, creo que tomaré una metformina con una buena taza de café endulzado con Splenda©.

Y así ha concluido este periplo, sin tomar en cuenta los dulces que tradicionalmente todos en sus hogares preparan: limonzón, piña con lechoza, manjar blanco, icacos, huevos chimbos, cocadas, quesillo, manjarete y todo aquello que le brindan a uno cuando llega a alguna casa en estas fechas.

Después hablan de los huevos de pascua…

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Noon Shooting at 72th Street.

diciembre 20, 2007

Maracaibo, 19 de diciembre de 2007 a la 1:25pm de la tarde. El calor seco e infernal que cae sobre la ciudad ni se sentía dentro del local; mientras, la densa calma de la situación presagiaba un desenlace totalmente inesperado para todos, en especial para el equipo de veinte o más policías que se desplegaba fuera del local con sus armas de fuego caladas y listas para imponer la ley.

Yo llegué junto a mis sobrinos y mi esposa a Chop’s de la 72 como a las 12:55pm, y había una cola de casi 20 personas hasta la caja. Los chamos se sentaron mientras mi esposa resolvía un caso ortodental con una colega en la clínica adyacente al local. Aproveché el tiempo que pasé en la cola para hacer unas llamadas a clientes y proveedores, y en un instante mi bella llegó y se sentó con los chamos despreocupados, al igual que el resto de los clientes, del peligro inminente que se cernía sobre todos los presentes.

La cola se fue moviendo poco a poco, hasta que salió un segundo dependiente al mostrador y todo se aceleró. Era la hora de almuerzo del crew, y todo se había vuelto una improvisada operación morrocoy de patacones, hamburguesas, tequeños, arepas y refrescos. La cajera no daba abasto para manejar tanto el servicio de la registradora, como las bandejas, servicio de bebidas y quejas —siempre las hay, en especial cuando un patacón, hamburguesa o arepa es personalizado a gusto del cliente, y eso sobra en esta ciudad: ridícul@s que quieren obviar por alguna razón alguno de los 5 o más ingredientes de cualquier ítem del menú que conocen desde hace 30 años.

Lo único que no se les ocurre ordenar de manera personalizada son los tequeños, causa y razón desencadenante de los eventos que les narraré a continuación.

Entre los comensales que poblaban el local —recientemente remodelado y ampliado, ya no se rebosa sino que sobra el espacio— sobraban los oficinistas, personas de diversos estratos, gordos y flacos, y algunos policías que llegaron a darse un respiro del clima imperante en los alrededores, disfrutando de una buena ración de tequeños, aparte de otras delicatesses propias de la marabine fast food. Estos agentes eran obviamente personas comunes, que llegaron vestidas de particular y sin algo más llamativo que bastantes prendas de oro, ropa bastante ajustada y sendas armas cortas de fuego caladas en la cintura dentro de sus forros. No alardeaban, ni fanfarroneaban; fueron corteses, y dicharacheros como cualquier maracucho. Tenían hambre, estaban fuera de su turno y llegaron al local para satisfacer, al igual que el resto de las 50 o más personas que estábamos allí, su necesidad de almorzar con cierto nivel de calidad y precio relativamente solitario.

Cuando el segundo dependiente salió al mostrador, se notó que todo el crew había terminado de comer y descansar. Los tiempos de respuesta variaron de 5 o más minutos a menos de 2 minutos para cada entrega. Cuando el chamo salió, me faltaban dos clientes para llegar a la caja. Al llegar mi turno pedí 3 hamburguesas y un patacón de plátano maduro/jamón y queso, tres coca-colas, un nestea, una porción de ketchup en vasito y dos servicios de tequeños —uhmmmmmm, el vicio. Al cancelar apenas tuve que esperar, y en un par de minutos ya vi como salía mi pedido y era colocado graciosamente en dos bandejas, que mi sobrino me ayudaría a llevar hasta la mesa. Me acerqué y le dije al dependiente mi nombre, revisó el ticket y así evité un desmesurado grito con mi nombre, mientras tomaba las bandejas. Acababa de darme la vuelta cuando observé como mi esposa se levantó inesperadamente de la mesa donde estaba, y se trajo del brazo a mi sobrina que no cabía en impacto por lo que acababa de ver. Yo le pregunté entonces a mi esposita:

– Pero, ¿te vais a cambiar de mesa? ¿qué pasó mijita?
– Es que hay un atraco afuera, y están llegando policías… No vaya a ser que se les vaya un tiro, nos quitamos del ventanal.
– Ay vaina… Pero, hay mucho policía??
– Si, un montón ahí… Ve! nos están rodeando…!!!

En ese momento varias patrullas de Polimaracaibo, Policía Regional y varias motos emboscaron en segundos toda la calle y rodearon el local. Con mi sangre fría habitual observé el despliegue mientras los policías nos hacían señas desde el exterior que nos replegáramos hacia el mostrador, así que descansé la bandeja de nuevo en el mesón y destapando el ketchup procedí a comenzar con los tequeños, mientras ubicábamos a los sobrinos en shock detrás de una columna. Los agentes que estaban dentro del local valientemente sacaron sus placas, y salieron del local sin titubear; algunas personas que no se habían percatado de su profesión les pidieron que no salieran por su propio bien, mientras otros corrían hacia el baño, paredes, y uno que otro rincón delante o detrás de otras personas.

Yo mientras, untaba ketchup en mi tequeño recién frito. Entonces entró un oficial de Polimaracaibo, con el arma en mano en alto, y se dirigió a los presentes que aguardaban en silencio:

– Señores ¿todo está bien? se nos informó que había un atraco con situación de rehenes aquí en este local.

Entonces cometí la peor payasada que he hecho en mi vida. Con el tequeño untado de ketchup dije de manera clara, sonora y elocuente, al mejor estilo de Homero Simpson:

– Ay, me agarraron con las manos con las manos en la masa.

Y todo el local se rió al unísono, al igual que el oficial que me miraba incrédulo. Entonces todos los presentes aseguramos que no había ningún atraco ni situación de rehenes ni nada similar. El oficial nos solicitó que nos quedáramos en calma mientras salía, y entonces entraron un par de oficiales también de Polimaracaibo, pero en este caso un hombre y una mujer, ambos con armas caladas con el cañón vertical y espalda_con_espalda. Al entrar a local, el oficial se dirigió hacia un joven oficinista de aproximadamente 1.70m de altura, que estaba pegado a una pared adyacente a la entrada del local. Entonces apuntándolo le preguntó:

– ¿Y usted? ¿quién es? ¿qué hace ahí?
– Yo… yop… bbbbvvine a comprraar unos patacooooo… Logró decir el pobre entre dientes.

Entonces bajando las armas preguntaron, al igual que el oficial anterior, si había un atraco o no. Todos volvimos a asegurarle que no había nada, y que todo estaba en orden. El oficinista se movió de la pared, pálido y tembloroso, al igual que mi sobrino el valiente, cuya respuesta ante el evento fue sencillamente tomar su celular, apagarlo y esconderlo entre sus pantalones, para seguir castañeteando las rodillas sin más preocupaciones. El primer policía volvió a entrar, y nos explicó a todos que aparentemente había sido un malentendido, pues habían recibido un aviso informando que se llevaba a cabo una situación de robo con rehenes en Chop’s Calle 72; que todo estaba en orden, y podíamos continuar con nuestras tristes vidas de alabanzas a los triglicéridos trans.

Ya aclarado en parte el suceso, fuimos y nos sentamos en la misma mesa donde me estaban esperando, al borde del ventanal principal del local. Vimos como todos los funcionarios se reían y guardaban sus armas, y comenzaron a partir de la operación de salvamento abortada. Los comentarios no se hicieron esperar, y todos comentaban entre risa y sorna lo que acababa de suceder. Algunos de los oficiales de civil entraron molestos, y otros no paraban de sonreir y se les notaba la carcajada en el rostro. Almorzamos, terminamos y decidimos salir y contarle a la amiga de mi esposa. Entonces supimos la verdad acerca de todos los hechos. La gerente del local, una de las catiras de Chip’s, ya para ese momento había hecho presencia y estaba más desencajada que nunca, entrando y saliendo con papeles y cosas para mostrarle a los agentes de la ley.

El vigilante privado del local se mantienen en las afueras del mismo. Yo lo vi cuando entré al estacionamiento con el Nova y los sobrinos para aparcar el vehículo, y lo volví a ver cuando entramos al local. Un rato después de haber llegado nosotros (20 minutos quizás) el vigilante observó a un grupo de 4 personas, vestidos de civil, armados hasta los dientes y que entraron al local sin pena ni gloria, por la puerta principal. Su intuición le indicó que estos personajes eran atracadores, y antes que mostrarles resistencia decidió llamar a la policía para que se encargara de la inminente situación de robo con rehenes que estaba a punto de formarse. Cuando el chamo vigilante nos contó eso, yo no cabía en mi asombro y perplejidad. La intuición errada de un vigilante privado provocó una movilización sin ecuanón que pudo haber provocado una desgracia sin necesidad.

Al final, nos fuimos con otro cuento para contar, y la certeza que por unos tequeños se puede formar tremendo lío. Y si no lo creen, comenten, que pa eso está.

A mediados del 2005 ocurrió que el Ángel de la Muerte decidió solventar ciertos asuntos inconclusos con mi familia. De pronto, en menos de 60 días, todos los viejos —apelativo con el cual se les trata cariñosamente a los ancianos padres, madres y tíos en mi familia— que quedaban fueron llamados a las puertas del cielo. De tal manera que luego de 7 velorios y entierros, nos dimos cuenta que ya no quedaban más familiares cercanos consanguíneos de la vieja guardia, de los nacidos antes de la 2da. Guerra Mundial, y que los que quedaban eran básicamente los baby-boomers y sus descendientes. Esta sensación inundó a todos en el Clan Molero con un cierto sentimiento de añoranza por los eventos pasados, y una suerte de sed por conocer la verdadera historia detrás del Secreto de la Bolita Roja, entre otras anécdotas que perviven como sobremesa en todas las casas de mi familia.

Meses después durante mayo de 2006, por casualidad coincidimos muchos de los Molero en casa de Tía Diossa, y de pronto surgió la idea de un reencuentro que se realizó en septiembre del mismo año; una reunión familiar que sirviera para conocer a los nuevos y más pequeños, a las esposas y esposos que sabemos que existen pero que no podríamos reconocer así nos encierren en una misma taguara durante una redada. Dimes y diretes fueron, así como ciertas apreciaciones económicas que resultaron más un disgusto que familiaridad, y al final aparte de la obvia diversión pautada para la encuentro —hablo de cerveza, risas, comentarios y mucho aroma a adn y cultura casera compartida— unos primos se encargarían de hacer un video con entrevistas de algunos personajes, entre ellos su servidor (soy el segundo primo mayor, hijo de la segunda hija mayor, y siempre me mantuve viviendo en la ciudad, dentro del seno del clan familiar), y yo me encargaría de hacer un slideshow con fotos que toda la familia recogió. Oh, que sorpresa cuando ese tesoro llegó a mis manos y tuve el privilegio de digitalizarlo para las generaciones futuras.

Imágenes que mostraban a mis tatarabuelos en las primeras décadas del Siglo XX, ya ancianos y enjutos, con la delicada sonrisa que nuestra Bisabuela Conchita donó a ciertas beldades en la familia… Fotografías de mi abuela con una estampa bellísima e intrigante, y una tía que nunca conocí pero que sigue viva en el recuerdo de todos, incluso de los más pequeños… Ver que el Pregonero Mayor le tenía respeto y admiración a las voz y barriga del Tío Fabio y a la magistral guitarra del Tío Toncho… Fue tal la emoción que me embargaba, pues además accedí a una de las pocas copias en compact cassette que hay de las grabaciones hechas totalmente unplugged y en reel de los ensayos de estos personajes, que no lo pensé dos veces y en poco menos de una semana organicé todo el material y pasé las 60 horas anteriores a la reunión ensamblando un par de videos (fueron dos porque no tenía espacio en disco duro para renderizarlo todo y supuse que por el contenido emocional, era mejor pasarlos uno primero y otro después). Monté entonces la tramoya de software correspondiente, y comencé a trabajar simplemente inspirado por el feeling que las imágenes me daban; el primer video iba desde principios de 1900 hasta 1957, con las últimas fotos de todos los hermanos Molero Espinoza juntos, y el segundo video comenzaba con las fotos de los nacidos en 1958, los cuales supe después estaban in uterus en las fotos finales del anterior capítulo.

Estos videos salvaron la velada, pues mis primos nunca llegaron con las entrevistas, aunque las prometieron una y otra y otra vez para algún día. Creo que tuvieron problemas con los cartuchos miniDV, o fue con la captura, o con la Mac recién comprada, o con la edición, o el render, o el quemado, o con todas las anteriores. Yo hice mis videos con Canopus Edius, Imaginate y ProCoder  (de Playita’s Store) en una Pentium 4 reencauchada que todavía uso para escribir estas líneas, bajo un Windows XP que no parece de Microsoft, y un scanner HP que obtuve mediante un canje. Lo quemé en CD porque era lo que tenía a mano, y de paso el pantalón de vestir que me puse en el evento se descosió en el peor momento de la reunión, al terminar los videos y comenzar la sesión de comentarios al respecto. Total, le tengo que dar gracias a toda mi familia por todos los recuerdos propios y ajenos que me permitieron asegurar en ese par de videos de 20 minutos cada uno, y que guardan una parte de la memoria visual familiar: lo que somos como gente, entre nosotros, y para los demás.

Exactamente un año después, un personaje cercano me sorprende con algo que nunca hubiera esperado. Carlanga estudió conmigo en el Colegio Cagigal, y mientras estaba en 5to. año de humanidades retozando con la idea de ser cineasta, yo me divertía con sus comentarios y conversas durante los ratos libres, pues estaba en 1er. año de bachillerato en el salón de al lado, en la misma ala de la institución. De ahí surgieron una serie de encuentros fortuitos que han hilvanado sus andanzas con las mías: vivía a unas cuadras de mi casa en La Paz, su hermana fue novia de Emma, y sus padres son amigos entrañables de mi madre.
Es así que Carlanga fue y vino de Cuba cuando era una isla y no un itsmo como ahora, y se graduó de cineasta en La Habana. En el devenir de los eventos acaba de terminar un documental que resulta siendo la tapa del frasco: Maracaibo con vista al Lago, producido en el marco de la serie de docus que tiene CINESA-CineArchivo y con el apoyo del BOD, es una recopilación visual de los conceptos y razones por las cuales el marabino se autodefine maracucho, y afianza el voseo cuando está más allá de los linderos del estado Zulia. Realizado con una estética exquisita y a la vez austera en ostentaciones más no en calidad e información, los radiantes colores de la ciudad más bella que existe en el continente (pues tiene Lago, China y Puente, Gaita, Hospitalidad, y el Calor de la Gente de más alta Calidad) son capturados por Carlos y su fig-rig, además de los documentos visuales que CINESA y muchas familias, empresas, diarios y pare de contar prestaron para que confeccionara 52 minutos de maravillas. Con la locución del gato, es un DVD de lujo que ningún maracucho y obviamente nadie con sangre zuliana puede dejar de tener.

Gracias a la Sra. D y el Sr. V, padres de Carlanga, pude ver en exclusiva este video. Espero adquirirlo a la brevedad, para colocarlo al lado de los otros discos que contienen el digital de los reels de audio, los scans de las fotos, los crudos y los render de los videos que hice, en la biblioteca de mi sala, junto con la foto de mi abuela y sus hermanos el tigre y estela marina. De verdad que es un lujo tomarse un café, de vista al Lago que vio nacer a mi familia hace siete generaciones por lo menos, la ciudad donde vivo y sigo comiendo, por ahora.