Noon Shooting at 72th Street.

diciembre 20, 2007

Maracaibo, 19 de diciembre de 2007 a la 1:25pm de la tarde. El calor seco e infernal que cae sobre la ciudad ni se sentía dentro del local; mientras, la densa calma de la situación presagiaba un desenlace totalmente inesperado para todos, en especial para el equipo de veinte o más policías que se desplegaba fuera del local con sus armas de fuego caladas y listas para imponer la ley.

Yo llegué junto a mis sobrinos y mi esposa a Chop’s de la 72 como a las 12:55pm, y había una cola de casi 20 personas hasta la caja. Los chamos se sentaron mientras mi esposa resolvía un caso ortodental con una colega en la clínica adyacente al local. Aproveché el tiempo que pasé en la cola para hacer unas llamadas a clientes y proveedores, y en un instante mi bella llegó y se sentó con los chamos despreocupados, al igual que el resto de los clientes, del peligro inminente que se cernía sobre todos los presentes.

La cola se fue moviendo poco a poco, hasta que salió un segundo dependiente al mostrador y todo se aceleró. Era la hora de almuerzo del crew, y todo se había vuelto una improvisada operación morrocoy de patacones, hamburguesas, tequeños, arepas y refrescos. La cajera no daba abasto para manejar tanto el servicio de la registradora, como las bandejas, servicio de bebidas y quejas —siempre las hay, en especial cuando un patacón, hamburguesa o arepa es personalizado a gusto del cliente, y eso sobra en esta ciudad: ridícul@s que quieren obviar por alguna razón alguno de los 5 o más ingredientes de cualquier ítem del menú que conocen desde hace 30 años.

Lo único que no se les ocurre ordenar de manera personalizada son los tequeños, causa y razón desencadenante de los eventos que les narraré a continuación.

Entre los comensales que poblaban el local —recientemente remodelado y ampliado, ya no se rebosa sino que sobra el espacio— sobraban los oficinistas, personas de diversos estratos, gordos y flacos, y algunos policías que llegaron a darse un respiro del clima imperante en los alrededores, disfrutando de una buena ración de tequeños, aparte de otras delicatesses propias de la marabine fast food. Estos agentes eran obviamente personas comunes, que llegaron vestidas de particular y sin algo más llamativo que bastantes prendas de oro, ropa bastante ajustada y sendas armas cortas de fuego caladas en la cintura dentro de sus forros. No alardeaban, ni fanfarroneaban; fueron corteses, y dicharacheros como cualquier maracucho. Tenían hambre, estaban fuera de su turno y llegaron al local para satisfacer, al igual que el resto de las 50 o más personas que estábamos allí, su necesidad de almorzar con cierto nivel de calidad y precio relativamente solitario.

Cuando el segundo dependiente salió al mostrador, se notó que todo el crew había terminado de comer y descansar. Los tiempos de respuesta variaron de 5 o más minutos a menos de 2 minutos para cada entrega. Cuando el chamo salió, me faltaban dos clientes para llegar a la caja. Al llegar mi turno pedí 3 hamburguesas y un patacón de plátano maduro/jamón y queso, tres coca-colas, un nestea, una porción de ketchup en vasito y dos servicios de tequeños —uhmmmmmm, el vicio. Al cancelar apenas tuve que esperar, y en un par de minutos ya vi como salía mi pedido y era colocado graciosamente en dos bandejas, que mi sobrino me ayudaría a llevar hasta la mesa. Me acerqué y le dije al dependiente mi nombre, revisó el ticket y así evité un desmesurado grito con mi nombre, mientras tomaba las bandejas. Acababa de darme la vuelta cuando observé como mi esposa se levantó inesperadamente de la mesa donde estaba, y se trajo del brazo a mi sobrina que no cabía en impacto por lo que acababa de ver. Yo le pregunté entonces a mi esposita:

– Pero, ¿te vais a cambiar de mesa? ¿qué pasó mijita?
– Es que hay un atraco afuera, y están llegando policías… No vaya a ser que se les vaya un tiro, nos quitamos del ventanal.
– Ay vaina… Pero, hay mucho policía??
– Si, un montón ahí… Ve! nos están rodeando…!!!

En ese momento varias patrullas de Polimaracaibo, Policía Regional y varias motos emboscaron en segundos toda la calle y rodearon el local. Con mi sangre fría habitual observé el despliegue mientras los policías nos hacían señas desde el exterior que nos replegáramos hacia el mostrador, así que descansé la bandeja de nuevo en el mesón y destapando el ketchup procedí a comenzar con los tequeños, mientras ubicábamos a los sobrinos en shock detrás de una columna. Los agentes que estaban dentro del local valientemente sacaron sus placas, y salieron del local sin titubear; algunas personas que no se habían percatado de su profesión les pidieron que no salieran por su propio bien, mientras otros corrían hacia el baño, paredes, y uno que otro rincón delante o detrás de otras personas.

Yo mientras, untaba ketchup en mi tequeño recién frito. Entonces entró un oficial de Polimaracaibo, con el arma en mano en alto, y se dirigió a los presentes que aguardaban en silencio:

– Señores ¿todo está bien? se nos informó que había un atraco con situación de rehenes aquí en este local.

Entonces cometí la peor payasada que he hecho en mi vida. Con el tequeño untado de ketchup dije de manera clara, sonora y elocuente, al mejor estilo de Homero Simpson:

– Ay, me agarraron con las manos con las manos en la masa.

Y todo el local se rió al unísono, al igual que el oficial que me miraba incrédulo. Entonces todos los presentes aseguramos que no había ningún atraco ni situación de rehenes ni nada similar. El oficial nos solicitó que nos quedáramos en calma mientras salía, y entonces entraron un par de oficiales también de Polimaracaibo, pero en este caso un hombre y una mujer, ambos con armas caladas con el cañón vertical y espalda_con_espalda. Al entrar a local, el oficial se dirigió hacia un joven oficinista de aproximadamente 1.70m de altura, que estaba pegado a una pared adyacente a la entrada del local. Entonces apuntándolo le preguntó:

– ¿Y usted? ¿quién es? ¿qué hace ahí?
– Yo… yop… bbbbvvine a comprraar unos patacooooo… Logró decir el pobre entre dientes.

Entonces bajando las armas preguntaron, al igual que el oficial anterior, si había un atraco o no. Todos volvimos a asegurarle que no había nada, y que todo estaba en orden. El oficinista se movió de la pared, pálido y tembloroso, al igual que mi sobrino el valiente, cuya respuesta ante el evento fue sencillamente tomar su celular, apagarlo y esconderlo entre sus pantalones, para seguir castañeteando las rodillas sin más preocupaciones. El primer policía volvió a entrar, y nos explicó a todos que aparentemente había sido un malentendido, pues habían recibido un aviso informando que se llevaba a cabo una situación de robo con rehenes en Chop’s Calle 72; que todo estaba en orden, y podíamos continuar con nuestras tristes vidas de alabanzas a los triglicéridos trans.

Ya aclarado en parte el suceso, fuimos y nos sentamos en la misma mesa donde me estaban esperando, al borde del ventanal principal del local. Vimos como todos los funcionarios se reían y guardaban sus armas, y comenzaron a partir de la operación de salvamento abortada. Los comentarios no se hicieron esperar, y todos comentaban entre risa y sorna lo que acababa de suceder. Algunos de los oficiales de civil entraron molestos, y otros no paraban de sonreir y se les notaba la carcajada en el rostro. Almorzamos, terminamos y decidimos salir y contarle a la amiga de mi esposa. Entonces supimos la verdad acerca de todos los hechos. La gerente del local, una de las catiras de Chip’s, ya para ese momento había hecho presencia y estaba más desencajada que nunca, entrando y saliendo con papeles y cosas para mostrarle a los agentes de la ley.

El vigilante privado del local se mantienen en las afueras del mismo. Yo lo vi cuando entré al estacionamiento con el Nova y los sobrinos para aparcar el vehículo, y lo volví a ver cuando entramos al local. Un rato después de haber llegado nosotros (20 minutos quizás) el vigilante observó a un grupo de 4 personas, vestidos de civil, armados hasta los dientes y que entraron al local sin pena ni gloria, por la puerta principal. Su intuición le indicó que estos personajes eran atracadores, y antes que mostrarles resistencia decidió llamar a la policía para que se encargara de la inminente situación de robo con rehenes que estaba a punto de formarse. Cuando el chamo vigilante nos contó eso, yo no cabía en mi asombro y perplejidad. La intuición errada de un vigilante privado provocó una movilización sin ecuanón que pudo haber provocado una desgracia sin necesidad.

Al final, nos fuimos con otro cuento para contar, y la certeza que por unos tequeños se puede formar tremendo lío. Y si no lo creen, comenten, que pa eso está.

Anuncios